La experiencia de una joven migrante en los Estados Unidos.
lunes, 9 de mayo de 2016
martes, 3 de mayo de 2016
¿ Donde diablos está Daniel ?
Despierto
con el aliento seco y siento el otro extremo de la cama frío.
Deslizo una pierna hacia ese otro lado en el que mi anhelo busca
insistente el calor de Daniel, pero no hay más que mi ropa limpia
y doblada dentro de unas bolsas de plástico, que descansan a mi
lado encima del colchón. Evoco entonces su espalda tibia y al
abrazar siento sólo la almohada caliente aún y la tenue caricia
de las sábanas.
Daniel
me contó que en un día posterior encontró un viejo colchón lleno
de grumos y manchas, doblado en dos y embutido en un armario húmedo
y apestoso debajo de las escaleras del refugio para varones y lo
había sacado a rastras al patio para airearlo porque ahí dormiría
las noches subsecuentes en el refugio aquel: Un sitio donde jamás
me atrevería a hablarle y/o tocarlo pero, como en un ensueño, en un
tranvía, tras él, logro poner la palma de mi mano sobre la espalda
de mi amado. Me incorporo con un codo sobre la cama que logré
conseguir semanas atrás, en el refugio del Sanctuary
y reclinada sobre el respaldo, me dejo envolver por el silencio que
cae como lluvia sutil sobre el dormitorio; consulto la hora en mi
teléfono celular: Son apenas las tres de la mañana y el sueño
todavía me abraza. Le envío un mensaje de texto que he logrado
garabatear a duras penas pero no me responde, y al cabo de veinte
minutos, comienzo a inquietarme. – ¿Le habrá sucedido algo? —
Pienso—
quizá tal vez esté dormido aún y es posible que esté
exagerando. A las tres con quince comienza a vibrar el celular y mi
corazón da un gran salto jalándome del sueño por completo. ¿
Podría ser él regresándome el mensaje? Pero no. Observo que está
entrando una llamada de un número diferente al suyo y me levanto
de un brinco corriendo a los baños a contestar: Un sobresalto
acompañado de un mal presentimiento me desconciertan cuando veo el
número de Paco Nadoesiux, su amigo, en la pantalla del aparato que
insiste en seguir vibrando y al responder escucho su voz casi sin
aliento al otro lado de la línea:
—¿Aló?
Diga
—¡Hey
Lucinda! ¡ Vaya hasta que respondes! —dice
Paco—, con
un evidente tono de alivio al escuchar mi voz luego de haber
intentado llamarme una decena de veces sin obtener respuesta —
me dice —
y
continúa:
— ¿Lucinda
puedes oírme ? —Insiste
la voz del otro lado de la línea.—
Camino de un lado para el otro tratando de encontrar la señal,
porque en los refugios no hay recepción para recibir llamadas.
—Sí,
dime, te escucho, ¿Qué pasa ? —Le
respondo impaciente —¡Qué
no pasa mujer! Necesito verte ¡es super urgente! ¿me entiendes? —
¡ Ay no me digas que algo le pasó algo a Daniel!
— Pues
luego te explico —
dice—
y percibo un
tono alarmante en el timbre de su voz , que me ha contagiado
sin saber qué responderle a estas horas de sagrado resguardo en las
que me lanza una llamada telefónica a quemarropa y como ni siquiera
sé de qué se trata el asunto, pongo mucha atención a lo que
aquel hombre me intenta decir :
—Es
chame lu da!
La voz de Paco suena entrecortada al otro lado de la línea porque
la señal va y viene.
—¿Aló?
—continúo
—
¿Aló?
—¿Sigues
ahí? —Insiste
su voz —
cuando vuelve la señal.
—Ah
sí… ¿ Me decías?…
—¿Mejor
te veo en la catedral de la
calle Polk como
en una hora sale ? —Sí,
claro ¡Por supuesto! Ahí nos vemos —le
digo—
y me doy una ducha rápidamente, regreso a la cama con una toalla
blanca enrollada en el cuerpo y termino de vestirme sentada sobre el
respaldo donde me calzo los botines que me llegan al tobillo pero son
cómodos y luego me pongo lo primero que encuentro dentro de las
bolsas: ¿ Un vestido floreado? ¡Un atavío inimaginable!
— No importa
está bien, —murmuro—
y encima de éste, el abrigo de lana café con esas imperceptibles
manchas de grasa en el que ni siquiera meto los brazos, lo siento
pesado, como una montura encima de los hombros y finalmente, el chal
color rosa que suelo usar como bufanda.
— ¿Qué
querrá aquel ? No
puedo evitar sentir prisa, la noticia urgente de querer hablar
conmigo a estas horas de la madrugada me ha caído como un balde de
agua fría. Salgo
del refugio bien apurada y pensando en Daniel. Lanzo un suspiro largo
e intenso cuando estoy en la calle y siento por vez primera el aire
frío de las cinco de la mañana.
¿
Porqué carajos no me ha respondido el mensaje que le envié hace
un rato? ¡ Ni siquiera contesta el teléfono!
–Ojalá
esté bien, —
pienso —
aterrada ante la idea que ahora bulle sobre mi cabeza como una
mariposa cautiva en un frasco de vidrio: ¿Habrá tenido un
accidente? —murmuro—
al caminar con las manos ateridas pues olvidé ponerme los
guantes
y rechino los
dientes ante el inconveniente ¡Me voy a congelar!
Durante
el camino, me topo con el refugio del Santa
Ana donde
hago un alto y pregunto por Daniel. El encargado del front
desk me
dice que salió a eso de las dos de la madrugada y no me quiere dar
más explicaciones. Mi pecho comienza a latir con fuerza mientras
me dirijo a hacia la catedral y avanzo con sigilo,cuidando de no
resbalar sobre el piso que ha cubierto de hielo,la tormenta de nieve
que ha estado cayendo lenta, pausada, melancólica.
Continúa
la noche tejiendo su manto de estrellas luminosas y me detengo en el
umbral de la portentosa nave de enormes dimensiones: Unos cien
metros de largo, levanto la cabeza sintiendo que mi vista se pierde
en los inmensos capiteles que miden más de 90 metros de altura y
sostienen el edificio entero, siento un pequeño mareo que me sacude
y me hace tambalear sobre mis dos pies, y bajo la cabeza regresando a
la normalidad. Entro en el santuario y me desplomo en una de las
bancas donde permanezco agachada y en silencio, tapándome la cara
con ambas manos por unos minutos, intento relajarme, hasta que me
interrumpe la ronca y aguardentosa voz de Nadoesiux para decirme:
— Hola
¿ Estas bien?
—Sí,
estoy bien, —
respondo — es
sólo que…
—Te
sientes abatida por la desaparición de Daniel, —dice
—
— ¡
Ah! ¿Es que sí desapareció? —Puedo preguntar finalmente—.
— Sí,
lo arrestaron esta madrugada, —dijo
Paco—
al que jamás había visto tan apenado.
Lourdes
Olmos
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