La historia de Lucinda comienza desde la fecha de su nacimiento en 1967 y la personalidad que ella misma se fue labrando desde su juventud, hasta aquella tarde cuando llego a California, en el mes de noviembre del 2009, y aunque nadie supo nunca su historia ni el nombre con el que nació, de modo que, de esta forma tan anónima se construyo un nombre con el que ella misma se ha ido vistiendo por mérito propio, debo reconocer que le ha dado un valor intrínseco a la chica y que he llegado a saber tanto de ella que me otorgo el derecho de ser su vocera.
Poseedora de una sonrisa contagiosa que llena hasta los mares y de un andar cadencioso que le ilumina el esqueleto a cada paso que da. Tiene un don de gentes y habita dentro de ella algo sobrenatural que le empuja y le da fuerza, porque es intuitiva y escucha de vez en cuando su corazón con sinceridad y atención. Son las voces de la tierra las que le ha visto nacer y crecer hasta dar su fruto, de esta manera, lúcida, ha entendido muy bien su destino y lo asume con bastante dignidad y aplomo en su mirar. Ella posee también su propia rosa de los vientos que le ha llevado muy lejos en su andar, cruzando otras fronteras. Su Fe va en crecimiento y cuando mira en lontananza su vitalidad bendice su camino.
Es andariega por convicción, gracias a ello transita por esta y otras ciudades donde van sus pasos y sus pensamientos en busca de sí misma y del amor que por estos tiempos, lo confieso, estará a punto ya de tocar a su puerta. Magdalena Gómez Blanco es su nombre en términos reales y, aunque luce esbelta, es más bien por la pobreza imperante del willderness y no por sus méritos en un gimnasio. Es atractiva e interesante: con sus enormes ojos marrón como vitrales por donde se reflejan sus pensamientos más íntimos y traviesos que resaltan en ella esa paz que sobrepasa todo entendimiento; esa paz que solo Dios nos puede dar y que Lucinda ha descubierto en su largo peregrinaje hacia el descubrimiento de sí misma.
Lucinda viste siempre con sencillez, es la típica mujer que piensa que unos Jeans y una blusa de manta "pal calor", están bien. Lleva siempre un paño atado a su cabeza que en forma de serpiente desciende de su nuca a los hombros y termina su escote en punta. Las delicadas sandalias que calzan sus pies con pedrería barata le roban la atención a cualquiera en cuanto ella se presenta en escena, y lleva siempre un morral autóctono en forma de huipil al hombro como su tótem personal y dentro de este sus libros y objetos personales junto a una biblia que le acompañan en su andar . Cuando el viento en contra invade la situación es distinta. Escondida en un montón de mantas, como quien intenta ocultarse de algo o de alguien, Lucinda camina erguida y ruinosa como si fuera un árbol a punto de mudar sus hojas en otoño. Sin duda es un espectáculo viviente para los demás peatones que buscan de solidas experiencias a través de las Drogas y las armas que omniscientemente poseen algunos. Así ha andado por la vida, provista de toda naturalidad y cándida alegría, sin miedo y sin más arma que la propia actitud que por instantes se torna nube oscura o tormenta de arena que la invade, y de la que según Nélida Paz, su hija, afirma: "un buen día mi madre descubrió la gracia, la misericordia y el favor de Dios", atinaba a repetir Nélida con ironía y sarcasmo hace tiempo, cuando era una escéptica adolescente de menuda estatura y enormes ojos oscuros que siempre han estado atentos a los días y noches como un tecolote.
Magdalena Gómez Blanco, o Lucinda, como le gusten llamar, nació en la hereditaria cuna del idioma español, ese que se enrosca juguetón en las palabras, el idioma del recuerdo de la conquista bajo los días del nuevo México, del arroz con leche y la sandia roja y jugosa por las tardes del nuevo mundo.
Desde muy joven tuvo que enfrentarse al abandono del padre, ha pero eso sí cuando tuvo varios enamorados durante su juventud rondándola como moscardones, era el mismo quien hacia todo lo posible por mantenerlos a distancia y su madre analizaba con la lupa inexorable de las cartas del Tarot, recuerdo con el que ha tenido que lidiar siempre y pareciera que el tiempo jamás había estado girando de su lado, pues gracias a él "La doña ", como no le gustaba que le llamaran ahora, había adquirido una sonrisa contagiosa que a pesar de los años vividos, los descalabros , tropiezos y malas elecciones que hizo en el pasado, había sobrevivido en sus labios y, aunque ahora es una mujer temerosa del poder de Dios gracias a que persistía en su búsqueda constante del poder y bendición divinas , su carácter y disposición se han vuelto bastante sólidos, hablando en términos estrictamente espirituales. Ahora las cosas se aprecian distintas. Con la madurez y experiencia que acumulo a través de estos años. Fue tejiendo un sentido del humor con el que diseccionaba todas las experiencias dolorosas; era ese catalizador que la había hecho crecer y darse cuenta de las cosas verdaderamente importantes y por las que hubiera valido la pena luchar siempre.
A Lucinda se le fue iluminando la sonrisa a través del tiempo, y solo a través de este era que ella había aprendido a vislumbrar la vida con otro matiz que le iluminaba los días, las tardes y las noches que ella se propusiera conquistar. Esta vez era la noche y a ella solo se le ocurría extender sus brazos en señal de agradecimiento, para saludar ese mar inabarcable que la hacía meditar bajo el cielo estrellado mas allá de su conciencia como una alabanza a su Dios padre.
“Dime vida mía, porque no hay estrellas a la luz del día”…
Cuando Nélida Paz era una bebe Lucinda jugaba con ella cantándole canciones de cuna y le hacía arrumacos en la madrugada cuando se despertaba asustada llorando bajo el manto oscuro del cuarto. Aunque Nélida no era una niña asustadiza, le gustaba más bien conversar entre sueños y su madre ya la había escuchado hablar dormida. Juntas jugaban con el ciclo de los días, “bajo el sol de Monterrey,” organizándolos como las cuentas de un collar, como espirales de espuma que les hablaban de otras mareas lejanas a su entendimiento, de los futuros días que estarían por llegar algún día y ese día había llegado ya para ambas: Lucinda temía lo peor, la separación inminente que había llegado con el transcurso de los anos en los que los compromisos y actividades de cada una las separarían. Lucinda recorriendo ciudades, evangelizando a los caídos. Nélida Paz en la universidad de Nueva York con sus estudios de Danza folklórica, su manejo de dos o tres instrumentos que ya había aprehendido a tocar en compañía de su maestro y compañero de vida en la actualidad, Xicomecoatl Yolitzin, (¡que nombrecito!) Indescifrable e impronunciable para Lucinda; danzante azteca y maestro de música tradicional mexicana con quien también vivía y compartía la experiencia de la música.
La música siempre fue importante en la vida de Nélida, chica menudita de sonrisa traviesa, tan curiosa como un gato. “Mi beatle juice,” comentaba Lucinda de puro gusto cuando la veía ir de un lado para otro manoteando hacia todas direcciones como tratando de explicar el mundo. Nélida vestía siempre de negro, con faldas cortas y unas botas estilo gótico que le llegaban casi a las rodillas, una bufanda a rayas horizontales con la que anunciaba el invierno y con la boca de raspberry siempre y el aliento de menta que invadía el ambiente. El océano de su mirada tenía un horizonte amplio y magnificente, sus pensamientos eran como palomas porque volaban muy rápido sobre su cabeza por esa razón Lucinda temía su partida algún día.
Esa era su hija, la que había concebido con amor y con cierto pintor expresionista famoso en el D.F, maestro de pintura y grabado en “La Esmeralda “, por eso a Lucinda no le extrañaba para nada la inteligencia y desempeño de la chamaca. Si había alguien siempre inteligente en su clase era ella. Era bilingüe desde muy pequeña y Lucinda se lo celebraba todo el tiempo; La joven de piernas cortas y manos cálidas al saludar fue el orgullo de su madre por aquellos años .
Perras
Era uno de sus primeros días en el colegio y acababa de llegar a Houston cuando Yajaira, una adolescente de tercer grado la miro por primera vez y se acerco a la chica que la miraba como retándola, confieso que esa era siempre la mirada vivaz que había en Nélida que de paz no conocía mucha por aquellos tiempos y a Yajaira no le gusto esa actitud, así que de una vez y sin preámbulos arremetió contra la muchacha jaloneándole el cabello brutalmente.
- te voy a romper el hocico, cabrona perra chiflada.
Apenas si alcanzo a advertirle porque ya estaba encima de ella. Nélida Paz era otra fierecilla oculta en la maleza,
- Órale pinche naca, que te traes, yo ni te conozco,
-pues me vas a conocer perra.
y Nélida, desplegando sus garras, en un acto reflejo y de un zarpazo astuto le arañó el rostro, lo suficiente como para dejar a Yajaira desorientada y sin visión por unos minutos. Era su primer día de clase y Nélida ya había presentado cartas desde ese momento.
Yahaira tenía ya suficiente experiencia fuera de clase, la calle fue siempre su sitio donde se vendía para comprar sus drogas. La muy oriunda de El Salvador, tenía ya esa fama impresa en su piel como un tatuaje que todos podían notar a simple vista. Ya todo el género masculino la conocía porque ella era de armas tomar y ya había pasado por todas las armas de su generación y hasta de dos generaciones más arriba.
Le llamaban “La extranjera” porque sus padres la trajeron a los Estados Unidos casi desde que era una bebe y aquí se crio. La llevaban todos los días a un “Day Care” porque sus padres trabajaban un montón
y entre los dos pagaban la renta y los biles de su casa. Esta es la realidad en este país tan duro y tan bendecido a la vez por la eficacia de sus leyes, así que aquella niña de piel color de miel y cabellos tan negros como la noche creció en completa soledad, sin riendas ni límites y con el conflicto no resuelto del abandono de sus padres. Por esta razón, Lucinda se identificaba mucho con ella aunque sus vidas habían sido paralelas y cada una había tenido un destino diferente
Septiembre era una fina línea que se trazaba en el horizonte y amenazaba con desatar una tormenta. La fresca noche en San Francisco se colaba por los ductos del aire y llegaba puntual hasta la cama de Lucinda, en el shelter del “Sanctuary”, donde ella se hospedaba; había tenido que acostumbrarse a los días neblinosos y con mucho viento de aquella ciudad santuario en los que alguna gripe o catarro se disipaban.
- No entiendo esta ciudad, parece que nunca terminare de acostumbrarme.- La oí repetir constantemente mientras vagaba en el frio de la tarde sobre los callejones cargados de “grafiti” y las esquinas de las calles congregadas de jóvenes holgazanes haciendo loitering con una pequeña mochila al hombro, celulares, una pequeña motocicleta a la distancia, con aretes en ambos oídos y los pantalones caídos hasta la cadera. De todas las razas y nacionalidades, a Lucinda le daba la impresión de que siempre estaban a la espera de algo o de alguien que llegara a interesarse por su mercancía: crack, mariguana, cristal, heroína, LSD y anfetaminas. Lucinda supo cómo sobrevivir a eso porque las drogas simplemente nunca le llamaron la atención.
Debió ser el otoño del 2010 cuando sus pupilas reflejaron el tono grisáceo de algunas avenidas solitarias y el aroma a mariguana que impregnaba el aire en las calles; donde Lucinda podía percibir ese olor a pasto quemado que la retorno a sus días de juventud allá en Monterrey, cuando la probo por vez primera, ese contener la respiración y soltar el humo, para después poder mirar el mundo lejano y no sentir el cuerpo de verdad, después vagaba, se distraía y cuando volvía en sí tenía demasiada hambre y comía y la comida, recordó entonces la disfrutaba con ese sabor primigenio de quien recuerda que hace ya tiempo no ha comido y al comer de nuevo le sabe buenísimo, si sin duda se come delicioso después de un buen churro admitió Lucinda murmurando entre dientes; mientras su rostro dibujaba una mueca y ella se desprendía el enorme chal rosado que la protegía del invierno para entrar anónima en la cafetería y hasta ese momento pude explicar esa sonrisa perniciosa a flor de labios. Sin duda no era eso lo que Lucinda buscaba por eso no se detuvo ahí, por eso su búsqueda continuaba porque en el fondo sabia que esa clase de ambiente solo había traído a su vida falsas amistades y traiciones.
¿A qué edad comenzaría Lucinda a escribir? Escribiría a mano o en su vieja Remington? A ciencia cierta no lo sé. Ahora con eso de los ordenadores modernos, ella siempre cargaba una laptop bajo el brazo sabiendo que había transcurrido tanto tiempo desde entonces, cuando parecía que todo comenzaba a importarle demasiado, y quería regístralo a toda costa. Escribía a mano y lo hacía porque no sabía hacerlo de otra forma. Cuando escribía a mano se metía más en sus historias. Cuando escribía en el ordenador directamente y luego lo leía le sonaba frío, no le emocionaba. ¿Si no me emociona a mí a quién le va a emocionar?, decía ella, entonces era eso, escribir a mano, en silencio y solo si se metía mucho en la historia podía sacarle el verdadero jugo a una historia y si no, lo tiraba y al día siguiente lo volvía a hacer. Así transcurría sus días Lucinda, llena de afán y en completa libertad para la creatividad; pensaba que San Francisco le había devuelto “su musa extraviada,” por aquella fama que tenia la ciudad, ese secreto a voces que recorría sus anchas y concurridas avenidas, por esa razón ella traía siempre una libretita Molesquín en las manos, como Bartebly el escribidor, no se cansaba, quise decir, no quería cansarse ni cuando los días de calor se hicieron tan intensos que parecía que la ahogaban, ella insistía en registrarlo todo.
A veces pienso que sus ciclos creativos tenían bastante que ver con las fases lunares; con la rotación de la tierra; con el pulso y su respiración o simplemente con el espectáculo festivo que ofrecían las calles de San Francisco. Lucinda quería sobrevivir y a la par sobresalir de sus tormentas interiores. Estaba claro: solo buscaba ordenar sus ideas, sentimientos y aflicciones cotidianas sin importarle qué diablos le importaba a los demás sus problemas existenciales; se sentía sola pero por el momento se encontraba bien ahí. Así que quería gozar un poco de la clandestinidad de esas horas, de la madrugada donde nadie podía encontrarla. Ahí se resguardaría del viento y la lluvia, del polvo y la inestabilidad de andar todavía a la búsqueda de un hogar, un lugar verdadero y propio y no un ahogarse entre las sombras de los shelteres o a la intemperie de las frías aceras donde dormía, a veces, aferrada a su frazada de cuadros celestes, se acompañaba además de unas cuantas familias quienes intentaban conciliar el sueño y no dormían para proteger a sus niños de la perversión callejera que pululaba entre los homeless, la drogadicción y el olor a opio constante. Lucinda se sentía adolorida por el frio, por no haber descansado lo suficiente la noche anterior y el ruido, ese canijo metiche que se colaba intermitente en su cabeza.
Era una recién llegada, sin información y sabía muy poco sobre cómo sobrevivir los duros inviernos en aquella ciudad. Tampoco sabía cómo moverse y conseguir las cosas necesarias. Después de su llegada del willderness, más
de la mitad de la gente que Lucinda acompañaba había muerto de hambre antes de la primavera, algunos otros víctimas de la violencia y el abuso de los borders patrol cuando intentaban cruzar ese desierto; como bien dice la Allende, los que aún Vivian estaban muy lejos; así es el exilio, lanza a la gente a los cuatro vientos y después resulta muy difícil reunir a los dispersos. Así que cuando el invierno por fin llego. Agradeció la presencia de un indio de nombre Squanto, a quien ella llamaba “mi oro liquido” porque hablaba inglés y le enseñó a los inmigrantes, como Lucinda, a conseguir refugios adecuados para el clima y donde solicitar ayuda de todo tipo, ya que Squanto fue "un instrumento especial enviado por Dios”, decía Lucinda, había cubierto sus necesidades y expectativas. Agradecía a Dios por enviar a Squanto y proporcionar la provisión de alimento inmediato que necesitaba.
Aquellos inmigrantes eran personas muy espirituales que expresaban apropiadamente su gratitud por haber sobrevivido en el primer mundo, al racismo asesino de los minute men; Se dirigieron por primera vez a la Biblia y leyeron sobre la celebración de la fiesta hebrea de “Sucot”, también llamada Fiesta de los Tabernáculos o Fiesta de la Recolección. Este festival era el más alegre y se celebraba en las calles, juntando a la gente y a los niños. Recitaban versículos bíblicos a la intemperie, dándole toda la gloria a Dios por proporcionar y por enviar provisiones y ayudarlos a sobrevivir.
Descendientes de esas primeras fiestas fueron los inmigrantes quienes tenían mucho en común con los Israelitas: ambos grupos escaparon de la pobreza y la esclavitud al irse a nuevas tierras y fueron bendecidos por Dios. Los inmigrantes sobrevivientes, como Lucinda, empezaron la tradición americana de dar gracias a Dios basados en los relatos bíblicos. "Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús" (1ra de Tesalonicenses 5:16-18). "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias" (Filipenses 4:6).
De cómo lo conoció, ya se verá…
Daniel de miel era un hombre singular, quiero decir, no era este un gringo cualquiera. Con su completo dominio del idioma español y su amplia trayectoria en la calle, Daniel era un tipo experimentado porque a pesar de tener problemas con las drogas, su deseo de salir de ahí era genuino y urgente. Siempre pensó que era necesario conocer una mujer, tener una compañera idónea con la quien compartir sus emociones y sueños más íntimos; Daniel sentía que caía poco a poco por un hoyo oscuro y profundo, ya le había comentado a Lucinda -“pues sería un cenote sagrado mas bien”.- Comento Lucinda en broma, por eso, cuando se la encontró ahí, afuera del shelter de la Next Door Lucinda le llamo por completo la atención, simple y sencillamente porque había dentro de ella una fuerza sobrenatural que le daba balance interior y le llenaba de luz y valor, y esto para él era suficiente para seguir su camino junto a ella. Ahora simplemente estaba allí, contemplando las barras del viejo edificio del shelter de la Next Door ubicado en la calle Polk. Meditaba y fumaba haciendo hanging out.
Valor era precisamente lo que buscaba Daniel, valor para salir de su problema con las drogas. Daniel la miro, y por primera vez desde que se topaba con ella, sintió que alguien verdaderamente sentía se compadecía de él. Su corazón y su vida hechos pedazos necesitaban una restauración completa: saludarla, hablar con ella, conocerla y ganar su amistad y compañía era un asunto fundamental para su vida en ese instante de dolor y malos recuerdos. Daniel al igual que Lucinda simplemente se había topado con la gente equivocada pero ninguno de los dos sabía esto; tan solo eran como dos piezas complementarias que Dios puso en su tablero y comenzó a moverlas convenientemente y el resultado final estaría por verse.
En un giro de ciento ochenta grados que ella dio, ¡zaz! ahí estaba ese hombre al paso. Ella jamás lo saludaba, si acaso algún "morning" o "Thanks" muy escueto, pues por demás estaba decir que Lucinda jamás imagino que el hablaría español tan bien como lo hacia ella y esto era una proeza en Daniel a pesar de que era el ingles la primera lengua que mamo del pecho de su madre. (1) -Buenos días, saludo el gringo de ojos amarillos y tez muy blanca, como un vampiro que sobrevive a una mañana de fría incertidumbre. Lucinda lo miro como quien se encuentra de pronto con una visión espectral, y le devolvió el saludo, -buenos días-, respondió ella. Parecía extraño escucharle hablar su mismo idioma, parecía extraño voltear a mirar y encontrarse con esa imagen tan peculiar como sacada de un cuento gótico y ahora, al recibir ese saludo tan familiar, se había diluido dicha imagen para siempre y se había vuelto más cercano a ella.-¿Hablas español? Pregunto ella llena de curiosidad. -Un poco. Respondió Daniel lleno de pena pero con una sonrisa instantánea como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de reacciones
¡Qué grata sorpresa!... –comento ella-, -y como ya lo dijo la Grandes tiempo atrás, definitivamente resignada a la estupefacción.
-solo un poco, -insistió el estadounidense.
- ¿Solo un poco?- Parece que se ha convertido en toda una moda hablar español aquí en Estados Unidos, -te felicito amigo-. -No has parado de hablar en español desde que te conozco-.
-Gracias - respondió Daniel automáticamente como quien está esperando el halago. Daniel la miraba fascinado con una risa picarona y ella sonreía divertida. Se despidieron por el momento, pero se llamarían más tarde con la firme promesa de volverse a encontrar. Daniel quedo sorprendido de la aceptación que de inmediato le profeso aquella mujer quien sin pretensiones de ningún tipo, ni juegos tontos, ni escapadas al estilo de su ex, simplemente estaba ahí para acogerlo y el sintió una bienvenida cálida y un permanecer sereno junto a aquella extranjera quien todo el tiempo lo único que pretendía era divertirse con su idioma y el idioma que ella hablaba era tan distinto al español aparente que él le oía hablar entre dientes; estaba claro, Lucinda no hablaba español, hablaba mucho más que eso,
era un idioma que lo hacía perderse en las lejanías de su memoria y reencontrarse con sus más gratos recuerdos de infancia, sus raíces, las que el atesoraba y por el momento Lucinda lo había hecho regresar ahí. Por esa razón Daniel prefería hablar esa dulce lengua que había traído la inmigración a su país, y que tanto le había costado aprender porque en el fondo, la intuición le había llevado a comprender que el español abriría nuevos lugares en su mente y en su corazón a él, que era un tipo bastante reservado y tímido en su propio idioma, el descubrimiento del español había sido una hazaña pues había descubierto una nueva forma de ser más abierto y sincero con respecto a sus propios valores, sentimientos y maneras de adaptarse a lo que viniera.
Daniel sabía muy bien donde se reunía esa mujer y estaba decidido, iría en su búsqueda; así que camino hasta la calle Vann Ness y doblo a la derecha por la O’Farril hasta dar con el Cofee Shop favorito de Lucinda , ese era su refugio y Daniel lo sabía. Se detuvo en el portal y cuando volteo a la izquierda ahí estaba ella como todas las tardes, tomando su café; escribía mientras consultaba su vieja biblia. Daniel se acerco hasta su mesa y le pregunto a quemarropa: -¿Oye tú a qué te dedicas? Cuando Lucinda entorno la mirada para responderle ahí estaba ese hombre curioso parado frente a ella esperando una respuesta, y Lucinda lo observo sorprendida y hasta con un toque de decepción pues lo sintió un tanto confundido y nervioso. La mujer se apresuro a preguntarle, ¿oye no te vas a sentar?, pero Daniel, se sentía distraído por el bullicio del lugar, le respondió que iría por un café, -¿quieres tu algo? -Por el momento estoy bien, le respondió Lucinda atareada pues se le iba la idea que en su mente estaba a punto de concretar. Cuando Daniel se sentó frente a ella todavía con la curiosidad encima entonces Lucinda le contesto – soy evangelista, - ¿Evange qué?, pregunto Daniel con curiosidad. -Evangelista respondió Lucinda, - ¿y eso que es?, ¿Qué quiere decir? -Que soy una dispensadora de los misterios de Dios, -uy pues ahora ya entendí menos, respondió Daniel convencido de ello y levantando el entrecejo. Lucinda, que ya le había pescado al vuelo los pensamientos a Daniel se apuro a contestar: -pero no he, no es una maquina dispensadora de favores, aunque mucha gente así lo cree; Dios no es eso. Dios provee un significado y propósito a nuestras vidas mucho mejor, donde su poder, su amor y su misericordia nos regalan la esperanza de triunfar en cada prueba.
-Haaaber dijo Daniel al oír hablar a Lucinda de esa manera, a Daniel se le iluminaron los ojos como antorchas pues jamás había oído a alguien expresarse así al hablar de Dios. Para Daniel la divinidad era un concepto bastante lejano y mucho menos había que pensar en eso de ir a una iglesia.
En el transcurso de la tarde se pusieron de acuerdo para recorrer San Francisco: subieron al puente Golden Gate y posteriormente caminaron largo tiempo sobre el muelle 39 donde comieron fritangas mexicanas y se metieron a un bar caro y compraron un par de cervezas. Finalizaron tomando un té de raíces amargas tumbados y riendo a carcajadas sobre una de las miles de butacas del el jardín del el barrio chino.
Lucinda sentía que caminaba entre nubes al tener por primera vez un amigo con quien aparte de comunicarse plenamente, le era grata su presencia física, porque Daniel para hablar sin más rodeos, le gustaba. Había sin duda una conexión entre ambos y esta sensación le hacía burbujear la sangre como un alka seltzer era tan importante para Lucinda, que se preguntaba qué tan dispuesto estaba él para iniciar una relación.
Anduvieron sobre la avenida Vann Ness y voltearon sobre la Mission street hasta que los sorprendió la noche, y regresaron al shelter para quedarse cada quien en su piso, pensando el uno en el otro. Se enviaban mensajes de texto por el celular hasta que se quedaban dormidos, y al día siguiente volvían a verse a eso de las seis de la mañana para continuar su recorrido por la ciudad de los fuertes vientos. Disfrutaban la sensación de hacerse compañía se perdían entre los cofee shops de la ciudad para tomar un largo brekfast, acompañado de sus platicas y experiencias que a ambos les urgía compartir, pues ambos compartían la idea de que había mucho campo vacio e inexplorado desde que se conocieron, de tal modo que era necesario y urgente compartirlo todo para ganar tiempo y de tal modo continuaban sus aventuras en librerías, bares, cinemas y restaurantes.
Fueron a una exposición de pintura a la ocho de la mañana y a Lucinda el acto le pareció extraordinario pues no había ni vino blanco ni rojo ni canapés, sino champan y caviar, una ¡locura!, pensó Lucinda. Daniel sonreía divertido mientras ingería cada copa que llegaba a él y se entretenía viendo la mercancía de carne y huesos que exhibían las espectadoras en la galería.
“El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir:”
Frederick Beigbeder
Una tarde Daniel de miel llego hacia ella más pálido que nunca y apenas podía hablar. Ella lo miro sobresaltada y con un mal presentimiento, con la aguda intuición de que él le daría una noticia fatal, así que decepcionada le miro y le escucho:
- Tengo que ir a resolver un asunto ,volveré para la cena.- Aquella situación no le gusto nada a Lucinda, pues Daniel venía acompañado de una mujer muy extraña, tanto, que su delgadez tocaba ya los huesos y su aspecto era como el de un fantasma. Vestida de negro, con todos esos collares estrafalarios y la rubia melena que sobrepasaba los hombros; Lucinda le miro sorprendida los bultos que se le formaban debajo de los ojos y estos habían perdido ya su color. A Lucinda le sorprendió aun más la forma de sus dientes que terminaban en pico, totalmente dañados por el crack : parecían de piraña.
- Qué asunto tienes que arreglar y quien es esta mujer- Pregunto Lucinda con el ceno fruncido y la desesperación en el pecho que le subía como una profunda marea.
-Después te contare, ahora debo irme.- Y Daniel se perdió esa tarde con aquella mujer detrás de él.
Lucinda los veía partir en la distancia y platicar entre sí. Ella no comprendía nada aunque de una cosa si estaba segura: su actual compañero ya no regresaría para la cena como se lo había prometido.
Daniel de miel desapareció por treinta largos días. Lucinda le espero paciente al principio hasta que se le agotaban los días y estos eran como un precipicio para su desolación y larga incertidumbre, pues no lograba conciliar el sueño y no sabía donde habría podido ir su compañero de cortos viajes y largas aventuras. Tampoco sabía a ciencia cierta si volvería. Sabía que tenía tanto que platicar con él y hasta pudiera ser que Lucinda se encontrara atrapada en esa ciudad de momento, pues sin Daniel, su gran conocedor de las calles, no sabía hacia donde voltear ni qué dirección tomar; se sentía tan petrificada como la mujer de Lot. Lucinda sintió miedo. Anhelaba tanto el regreso de Daniel que su mente y su imaginación habían trazado una serie de historias sobre ciudades, países, paisajes y gente que ella jamás conocería; pero cuando un residente nuevo llegaba al shelter del Sanctuary donde ella se hospedaba, Lucinda siempre desplegaba su batería de preguntas “de dónde eres” “a que te dedicas” “me cuentas una historia”; ella solía darse el tiempo y la paciencia para escuchar aquellas historias con ojos brillantes y vivos. Añoraba el regreso de Daniel y todo el tiempo se sorprendía soñando con su regreso así que Lucinda ya tenía todo un arsenal de historias listo para cuando volviera Daniel. Muchas veces ni siquiera era necesario preguntar nada, simplemente se sentaba a observar su forma de vestir, su conducta, su manera de hablar y de caminar y listo!, ya tenía los personajes bien trazados. Esta vez fui más allá del océano, -le contaría, el océano del lado donde el Sol sale, no junto a las focas en donde estuvimos la última vez. Tome un barco en un muelle imaginario y tuve el valor suficiente de ir tan lejos sola, y fui mucho más allá de las montanas que anhelas y estuve en altamar desde que la luna comenzó a trazar un círculo perfecto en el cielo, comenzó a hacerse más pequeña y luego cada vez más grande hasta que estuvo llena nuevamente. Durante media hora me quede mirando en lontananza y allá hasta donde alcanzaba mi vista no había más que mar, tan solo agua y cielo, ¿te lo imaginas Donny? Ella se imaginaba a Daniel escuchándola, con las mejillas pálidas y sin aliento, pero sonriendo con esa dulzura todavía intacta en el hombre de 37 anos que a pesar de los escombros todavía era un niño de gran estatura. Y Lucinda acariciando con dificultad la frágil y delgada piel blanca quebrada y ahora sin brillo de Daniel, le hablaba del océano y del cielo azul y de esa fina línea horizontal que los dividía como un acto de amor y lealtad de parte de ella. Era como si Daniel de miel hubiera estado en coma durante todos esos días y cabía la esperanza en Lucinda de seguir hablándole sobre aquella batalla naval que tino de rojo el océano la tarde de su partida, cuando la dejo con el ánimo destrozado y con ese sentimiento de insoportable soledad que la agobiaba. Lucinda deseaba seguir sonriendo pero esta vez las circunstancias la amordazaron.
De cómo se volvieron a encontrar…
Habían pasado ya treinta días desde que partió Daniel aquella tarde, sin darle ninguna explicación a Lucinda, llevándola prácticamente a la intemperie y a la desolación como si de nuevo caminara sobre el willderness, como cuando intentaba cruzar la frontera y el sol la abrazaba con sus tentáculos de fuego; de cuando el tiempo no les acompañaba: mucho viento, lluvia, altos obligatorios en el camino y casi nada para comer; sucios y chorreando en sudor porque lo único de lo que los habían provisto era de agua para tomar y Lucinda ya tenía sed de nuevo. Sed de tenerlo cerca, de volver a hablar con Daniel, sed de abrazarlo y volver a sentir su compañía.
Así pasaba las horas Lucinda, a la espera de ese hombre secular al que ella imaginaba volar en las noches como un satélite, por eso durante su ausencia siempre volteo la mirada hacia el cielo. Lucinda, Lucinda, se repetía a sí misma como incrédula mientras se veía en el espejo de mano que sacaba de su cartera y esbozaba una sonrisa tímida. -Ah que vieja tan chiveada, se me hace que ya te enamoraste, pendeja.- Pensaba para sí misma mientras su cuerpo daba un impulso hacia arriba para levantarse del asiento y hacer un alto para bajar del tranvía sobre la Marquet Street y la Vann Ness. Volteo hacia la derecha y se topo con la calle donde se ubicada la clínica Tomm Wadell, donde Lucinda acudía regularmente para chequearse y hacer alguno que otro examen de rutina.
La tarde que Daniel regreso, venia caminando azarosamente con ese andar de aspecto desgarbado que le caracterizaba siempre, daba pasos inseguros como quien camina por la cuerda floja, aunque esta vez venia caminando por una callecita perpendicular a la clínica, El sabía que Lucinda acudía con frecuencia e iba en su búsqueda. Cuando Lucinda salió de su consulta y abandono el viejo edificio histórico le vio de improviso, el venia cruzando la acera contraria directo hacia ella. Lucinda se quedo petrificada sobre la banqueta y Daniel hizo un alto para mirarla a distancia, -hola – saludo él, acercándose con cautela, como teniendo cuidado de no ser arañado por un gato, abordándola con un aire de que no pasaba nada verdaderamente, aunque de entrada ella no lo reconoció en su proceder. Ella sabía que Daniel no solía tener ese ímpetu tan abrupto y aunque estaba resuelta a averiguar a toda costa que íntimos motivos lo habían llevado a tomar la resolución de volver a ella casi corriendo, como huyendo de alguien… ¿La desesperación tal vez? ¿Pero de quien o de que verdaderamente huía? Daba igual, ya lo averiguaría ella con el tiempo, así que con la misma actitud Lucinda le devolvió el saludo.
Ambos se miraban fija y extrañamente, recordando la mezcla de todas aquellas cualidades que los volvían tan diferentes al común de los demás y, como venía haciendo cada mañana, el le dio un beso en la mejilla y le deseo los buenos días. Lucinda saludando de nuevo a su compañero con mucha cortesía y respeto le dio la bienvenida aquella tarde y nuevamente escucho esa risa de niño que manaba de él, fresca como un rio mientras sus brazos rodeaban a Lucinda. Fue cuando ella supo que todo había vuelto a la normalidad, -estas de vuelta- le dijo ella con beneplácito, devolviéndole el abrazo y reían juntos.
Perdida en el abismo
Despertó azulosa y áspera esa mañana de fría incertidumbre, cuando lo encontró reclinado sobre la estera de los edificios vecinos, mirando la secreta huida de las luces en los balcones y jardines de la ciudad. Caminaba sonámbulo y sin fronteras sobre la banqueta contraria al edificio de la Next Door; y hasta entonces lo supo lejano. Sintió que la soledad era un muro trepidante; la sintió herrumbrosa y un tanto impersonal, incluso durante la hora más lúgubre del día siempre se las había arreglado para salir adelante. Viajaba en una especie de eco animal, un lamento que se extendía en las inmediaciones de la noche y continuaba rumiando su veneno musical durante las primeras horas del alba. Lucinda se sentó frente a ese ángel desvelado y le ofreció su encendedor de nácar como una secreta caricia, como una iniciación del fuego entre ellos para esa noche nevada. El, disimulando, comenzó a fumar, estudiándola a fondo y estuvo así, por un buen rato.
Daniel le comento a Lucinda que en alguna vida anterior creyó haberla visto, porque su perfume y el espeso bosque en su mirada le eran familiares. Lucinda le miro con una desconfianza poco habitual en ella, quien también estudiaba el mapa de su rostro, confieso que Lucinda pensó que Daniel no sabía muy bien lo que estaba diciendo; tan apesadumbrado como estaba todavía por el uso de narcóticos a esas horas de la madrugada cuando el frio se concentra, fue cuando ella descubrió ese fino y casi imperceptible lunar bajo su mirada de estrellas, tan bajo al firmamento salino de su piel, el fino y delgado declive de su nariz como un montículo, y esa boca que, insistió, le parecía haber besado vidas atrás. Ahora vivía con una sonrisa diáfana y perturbadora que parecía un riachuelo. Lucinda recordó que los ojos de Daniel eran antes vivaces con una mezcla de tonalidades entre verde y café que se fundían entre si y cambiaban de color según su estado de ánimo y se cruzaban constantemente en el traficar de recuerdos. Algunas veces se entornaban para mirar con un extraño resplandor demencial, como quien piensa algo terrible y luego se retrae. Camino junto a el hasta perderse en el portal del alba. Lucinda me confesó que tuvo que adaptarse al amargo silencio y esa ansiedad que padecía Daniel. Entonces los brazos de Lucinda se convirtieron en una enredadera y abrazaron a Daniel. Recordaron cuando juntos treparon entre los arboles de agosto dilatándose en el desmesurado espacio de sus ramas y hojas. Algunos peatones saludaron con cortesía a la pareja. A las seis de la mañana conversaban tomando un té de raíces, una vez más en el jardín japonés del barrio chino. Continuaron su recorrido mirando hacia el cielo y el cielo los saludo a su vez con precipitaciones futuras, aviones y satélites y diminutos puntos plateados que explotaban a los primeros albores del día.
Eran las cuatro de la tarde y todavía les faltaba recorrer las aceras aledañas al jardín. Lucinda canturreaba y Daniel continuaba silbando; ambos se marchaban con una espesa niebla sobre sus cabezas que ascendía como incienso y se quedaba a vivir en el interior de las nubes. ¿Necesitaban preguntarse acaso que era lo que les acercaba y les hacia rechazarse? Lucinda encendió el fuego para alumbrar su camino junto a Daniel en completa paz y camaradería porque deseaba encontrar junto a él ese lugar en el que finalmente todos anhelamos estar.
Había momentos en los que Lucinda también lloraba en esos días de profundo silencio y pesar eterno, de los que no se podía confiar ni de su propia sombra. Ella sentía que La duda era un demonio que pudría su memoria y sentimientos, un virus que en ocasiones la invadía y gracias a esto ella pensaba que tal vez estaba haciendo las cosas mal. Incluso solía pensar que su vida estaba del todo equivocada; situación que venía analizando con la lente inexorable del tiempo y concluyo que reinventándose podría llegar tal vez hacia la otra orilla. Para esto no estaba sola, Lucinda era una mujer con imaginación; tenía la profunda convicción de restaurar su vida, por eso sus desvelos, por eso su búsqueda constante de Dios pues reclamaba su unción para poder seguir el camino en su escritura. La literatura era un componente muy importante en su vida; era ese fuego interno que en ella nunca se había extinguido -gracias a Dios -, murmuraba ella en los trenes, cuando viajaba en soledad, y vivía con esa inquietud con la que confrontaba aquellos fantasmas que habían decidido hacerle meya a su pasado, como dijera en una ocasión Anaïs Nin “El orden me da seguridad, es la filosofía de los japoneses, si todo esta ordenado es más fácil pensar con claridad”.
El encuentro
Lucinda buscaba la estabilidad a través del orden y la espiritualidad. Era hora de reorganizarlo todo y mirarlo a través del crisol del amor pues amaba su vida, o mejor aún, lo que vivía de ella en tiempo y espacio. Estaba dispuesta a ceder sus tesoros personales más preciados e íntimos por seguirla viviendo pero esta vez con mejor calidad y experiencias mucho más ricas y certeras; era una mujer con expectativas, de eso no cabía la menor duda y así como esperaba que el invierno bajara desde la cordillera norte hasta el área de la bahía, intentaba observar el panorama con claridad y sin perder lujo de detalles solo para tener algo que contarse a sí misma y poder acallar sus dolencias y sus lagrimas.

