La historia de Lucinda comienza desde la fecha de su nacimiento en 1967 y la personalidad que ella misma se fue labrando desde su juventud, hasta aquella tarde cuando llego a California, en el mes de noviembre del 2009, y aunque nadie supo nunca su historia ni el nombre con el que nació, de modo que, de esta forma tan anónima se construyo un nombre con el que ella misma se ha ido vistiendo por mérito propio, debo reconocer que le ha dado un valor intrínseco a la chica y que he llegado a saber tanto de ella que me otorgo el derecho de ser su vocera.
Poseedora de una sonrisa contagiosa que llena hasta los mares y de un andar cadencioso que le ilumina el esqueleto a cada paso que da. Tiene un don de gentes y habita dentro de ella algo sobrenatural que le empuja y le da fuerza, porque es intuitiva y escucha de vez en cuando su corazón con sinceridad y atención. Son las voces de la tierra las que le ha visto nacer y crecer hasta dar su fruto, de esta manera, lúcida, ha entendido muy bien su destino y lo asume con bastante dignidad y aplomo en su mirar. Ella posee también su propia rosa de los vientos que le ha llevado muy lejos en su andar, cruzando otras fronteras. Su Fe va en crecimiento y cuando mira en lontananza su vitalidad bendice su camino.
Es andariega por convicción, gracias a ello transita por esta y otras ciudades donde van sus pasos y sus pensamientos en busca de sí misma y del amor que por estos tiempos, lo confieso, estará a punto ya de tocar a su puerta. Magdalena Gómez Blanco es su nombre en términos reales y, aunque luce esbelta, es más bien por la pobreza imperante del willderness y no por sus méritos en un gimnasio. Es atractiva e interesante: con sus enormes ojos marrón como vitrales por donde se reflejan sus pensamientos más íntimos y traviesos que resaltan en ella esa paz que sobrepasa todo entendimiento; esa paz que solo Dios nos puede dar y que Lucinda ha descubierto en su largo peregrinaje hacia el descubrimiento de sí misma.
Lucinda viste siempre con sencillez, es la típica mujer que piensa que unos Jeans y una blusa de manta "pal calor", están bien. Lleva siempre un paño atado a su cabeza que en forma de serpiente desciende de su nuca a los hombros y termina su escote en punta. Las delicadas sandalias que calzan sus pies con pedrería barata le roban la atención a cualquiera en cuanto ella se presenta en escena, y lleva siempre un morral autóctono en forma de huipil al hombro como su tótem personal y dentro de este sus libros y objetos personales junto a una biblia que le acompañan en su andar . Cuando el viento en contra invade la situación es distinta. Escondida en un montón de mantas, como quien intenta ocultarse de algo o de alguien, Lucinda camina erguida y ruinosa como si fuera un árbol a punto de mudar sus hojas en otoño. Sin duda es un espectáculo viviente para los demás peatones que buscan de solidas experiencias a través de las Drogas y las armas que omniscientemente poseen algunos. Así ha andado por la vida, provista de toda naturalidad y cándida alegría, sin miedo y sin más arma que la propia actitud que por instantes se torna nube oscura o tormenta de arena que la invade, y de la que según Nélida Paz, su hija, afirma: "un buen día mi madre descubrió la gracia, la misericordia y el favor de Dios", atinaba a repetir Nélida con ironía y sarcasmo hace tiempo, cuando era una escéptica adolescente de menuda estatura y enormes ojos oscuros que siempre han estado atentos a los días y noches como un tecolote.
Magdalena Gómez Blanco, o Lucinda, como le gusten llamar, nació en la hereditaria cuna del idioma español, ese que se enrosca juguetón en las palabras, el idioma del recuerdo de la conquista bajo los días del nuevo México, del arroz con leche y la sandia roja y jugosa por las tardes del nuevo mundo.
Desde muy joven tuvo que enfrentarse al abandono del padre, ha pero eso sí cuando tuvo varios enamorados durante su juventud rondándola como moscardones, era el mismo quien hacia todo lo posible por mantenerlos a distancia y su madre analizaba con la lupa inexorable de las cartas del Tarot, recuerdo con el que ha tenido que lidiar siempre y pareciera que el tiempo jamás había estado girando de su lado, pues gracias a él "La doña ", como no le gustaba que le llamaran ahora, había adquirido una sonrisa contagiosa que a pesar de los años vividos, los descalabros , tropiezos y malas elecciones que hizo en el pasado, había sobrevivido en sus labios y, aunque ahora es una mujer temerosa del poder de Dios gracias a que persistía en su búsqueda constante del poder y bendición divinas , su carácter y disposición se han vuelto bastante sólidos, hablando en términos estrictamente espirituales. Ahora las cosas se aprecian distintas. Con la madurez y experiencia que acumulo a través de estos años. Fue tejiendo un sentido del humor con el que diseccionaba todas las experiencias dolorosas; era ese catalizador que la había hecho crecer y darse cuenta de las cosas verdaderamente importantes y por las que hubiera valido la pena luchar siempre.
A Lucinda se le fue iluminando la sonrisa a través del tiempo, y solo a través de este era que ella había aprendido a vislumbrar la vida con otro matiz que le iluminaba los días, las tardes y las noches que ella se propusiera conquistar. Esta vez era la noche y a ella solo se le ocurría extender sus brazos en señal de agradecimiento, para saludar ese mar inabarcable que la hacía meditar bajo el cielo estrellado mas allá de su conciencia como una alabanza a su Dios padre.
“Dime vida mía, porque no hay estrellas a la luz del día”…
Cuando Nélida Paz era una bebe Lucinda jugaba con ella cantándole canciones de cuna y le hacía arrumacos en la madrugada cuando se despertaba asustada llorando bajo el manto oscuro del cuarto. Aunque Nélida no era una niña asustadiza, le gustaba más bien conversar entre sueños y su madre ya la había escuchado hablar dormida. Juntas jugaban con el ciclo de los días, “bajo el sol de Monterrey,” organizándolos como las cuentas de un collar, como espirales de espuma que les hablaban de otras mareas lejanas a su entendimiento, de los futuros días que estarían por llegar algún día y ese día había llegado ya para ambas: Lucinda temía lo peor, la separación inminente que había llegado con el transcurso de los anos en los que los compromisos y actividades de cada una las separarían. Lucinda recorriendo ciudades, evangelizando a los caídos. Nélida Paz en la universidad de Nueva York con sus estudios de Danza folklórica, su manejo de dos o tres instrumentos que ya había aprehendido a tocar en compañía de su maestro y compañero de vida en la actualidad, Xicomecoatl Yolitzin, (¡que nombrecito!) Indescifrable e impronunciable para Lucinda; danzante azteca y maestro de música tradicional mexicana con quien también vivía y compartía la experiencia de la música.
La música siempre fue importante en la vida de Nélida, chica menudita de sonrisa traviesa, tan curiosa como un gato. “Mi beatle juice,” comentaba Lucinda de puro gusto cuando la veía ir de un lado para otro manoteando hacia todas direcciones como tratando de explicar el mundo. Nélida vestía siempre de negro, con faldas cortas y unas botas estilo gótico que le llegaban casi a las rodillas, una bufanda a rayas horizontales con la que anunciaba el invierno y con la boca de raspberry siempre y el aliento de menta que invadía el ambiente. El océano de su mirada tenía un horizonte amplio y magnificente, sus pensamientos eran como palomas porque volaban muy rápido sobre su cabeza por esa razón Lucinda temía su partida algún día.
Esa era su hija, la que había concebido con amor y con cierto pintor expresionista famoso en el D.F, maestro de pintura y grabado en “La Esmeralda “, por eso a Lucinda no le extrañaba para nada la inteligencia y desempeño de la chamaca. Si había alguien siempre inteligente en su clase era ella. Era bilingüe desde muy pequeña y Lucinda se lo celebraba todo el tiempo; La joven de piernas cortas y manos cálidas al saludar fue el orgullo de su madre por aquellos años .
Perras
Era uno de sus primeros días en el colegio y acababa de llegar a Houston cuando Yajaira, una adolescente de tercer grado la miro por primera vez y se acerco a la chica que la miraba como retándola, confieso que esa era siempre la mirada vivaz que había en Nélida que de paz no conocía mucha por aquellos tiempos y a Yajaira no le gusto esa actitud, así que de una vez y sin preámbulos arremetió contra la muchacha jaloneándole el cabello brutalmente.
- te voy a romper el hocico, cabrona perra chiflada.
Apenas si alcanzo a advertirle porque ya estaba encima de ella. Nélida Paz era otra fierecilla oculta en la maleza,
- Órale pinche naca, que te traes, yo ni te conozco,
-pues me vas a conocer perra.
y Nélida, desplegando sus garras, en un acto reflejo y de un zarpazo astuto le arañó el rostro, lo suficiente como para dejar a Yajaira desorientada y sin visión por unos minutos. Era su primer día de clase y Nélida ya había presentado cartas desde ese momento.
Yahaira tenía ya suficiente experiencia fuera de clase, la calle fue siempre su sitio donde se vendía para comprar sus drogas. La muy oriunda de El Salvador, tenía ya esa fama impresa en su piel como un tatuaje que todos podían notar a simple vista. Ya todo el género masculino la conocía porque ella era de armas tomar y ya había pasado por todas las armas de su generación y hasta de dos generaciones más arriba.
Le llamaban “La extranjera” porque sus padres la trajeron a los Estados Unidos casi desde que era una bebe y aquí se crio. La llevaban todos los días a un “Day Care” porque sus padres trabajaban un montón
y entre los dos pagaban la renta y los biles de su casa. Esta es la realidad en este país tan duro y tan bendecido a la vez por la eficacia de sus leyes, así que aquella niña de piel color de miel y cabellos tan negros como la noche creció en completa soledad, sin riendas ni límites y con el conflicto no resuelto del abandono de sus padres. Por esta razón, Lucinda se identificaba mucho con ella aunque sus vidas habían sido paralelas y cada una había tenido un destino diferente
Septiembre era una fina línea que se trazaba en el horizonte y amenazaba con desatar una tormenta. La fresca noche en San Francisco se colaba por los ductos del aire y llegaba puntual hasta la cama de Lucinda, en el shelter del “Sanctuary”, donde ella se hospedaba; había tenido que acostumbrarse a los días neblinosos y con mucho viento de aquella ciudad santuario en los que alguna gripe o catarro se disipaban.
- No entiendo esta ciudad, parece que nunca terminare de acostumbrarme.- La oí repetir constantemente mientras vagaba en el frio de la tarde sobre los callejones cargados de “grafiti” y las esquinas de las calles congregadas de jóvenes holgazanes haciendo loitering con una pequeña mochila al hombro, celulares, una pequeña motocicleta a la distancia, con aretes en ambos oídos y los pantalones caídos hasta la cadera. De todas las razas y nacionalidades, a Lucinda le daba la impresión de que siempre estaban a la espera de algo o de alguien que llegara a interesarse por su mercancía: crack, mariguana, cristal, heroína, LSD y anfetaminas. Lucinda supo cómo sobrevivir a eso porque las drogas simplemente nunca le llamaron la atención.
Debió ser el otoño del 2010 cuando sus pupilas reflejaron el tono grisáceo de algunas avenidas solitarias y el aroma a mariguana que impregnaba el aire en las calles; donde Lucinda podía percibir ese olor a pasto quemado que la retorno a sus días de juventud allá en Monterrey, cuando la probo por vez primera, ese contener la respiración y soltar el humo, para después poder mirar el mundo lejano y no sentir el cuerpo de verdad, después vagaba, se distraía y cuando volvía en sí tenía demasiada hambre y comía y la comida, recordó entonces la disfrutaba con ese sabor primigenio de quien recuerda que hace ya tiempo no ha comido y al comer de nuevo le sabe buenísimo, si sin duda se come delicioso después de un buen churro admitió Lucinda murmurando entre dientes; mientras su rostro dibujaba una mueca y ella se desprendía el enorme chal rosado que la protegía del invierno para entrar anónima en la cafetería y hasta ese momento pude explicar esa sonrisa perniciosa a flor de labios. Sin duda no era eso lo que Lucinda buscaba por eso no se detuvo ahí, por eso su búsqueda continuaba porque en el fondo sabia que esa clase de ambiente solo había traído a su vida falsas amistades y traiciones.
¿A qué edad comenzaría Lucinda a escribir? Escribiría a mano o en su vieja Remington? A ciencia cierta no lo sé. Ahora con eso de los ordenadores modernos, ella siempre cargaba una laptop bajo el brazo sabiendo que había transcurrido tanto tiempo desde entonces, cuando parecía que todo comenzaba a importarle demasiado, y quería regístralo a toda costa. Escribía a mano y lo hacía porque no sabía hacerlo de otra forma. Cuando escribía a mano se metía más en sus historias. Cuando escribía en el ordenador directamente y luego lo leía le sonaba frío, no le emocionaba. ¿Si no me emociona a mí a quién le va a emocionar?, decía ella, entonces era eso, escribir a mano, en silencio y solo si se metía mucho en la historia podía sacarle el verdadero jugo a una historia y si no, lo tiraba y al día siguiente lo volvía a hacer. Así transcurría sus días Lucinda, llena de afán y en completa libertad para la creatividad; pensaba que San Francisco le había devuelto “su musa extraviada,” por aquella fama que tenia la ciudad, ese secreto a voces que recorría sus anchas y concurridas avenidas, por esa razón ella traía siempre una libretita Molesquín en las manos, como Bartebly el escribidor, no se cansaba, quise decir, no quería cansarse ni cuando los días de calor se hicieron tan intensos que parecía que la ahogaban, ella insistía en registrarlo todo.
A veces pienso que sus ciclos creativos tenían bastante que ver con las fases lunares; con la rotación de la tierra; con el pulso y su respiración o simplemente con el espectáculo festivo que ofrecían las calles de San Francisco. Lucinda quería sobrevivir y a la par sobresalir de sus tormentas interiores. Estaba claro: solo buscaba ordenar sus ideas, sentimientos y aflicciones cotidianas sin importarle qué diablos le importaba a los demás sus problemas existenciales; se sentía sola pero por el momento se encontraba bien ahí. Así que quería gozar un poco de la clandestinidad de esas horas, de la madrugada donde nadie podía encontrarla. Ahí se resguardaría del viento y la lluvia, del polvo y la inestabilidad de andar todavía a la búsqueda de un hogar, un lugar verdadero y propio y no un ahogarse entre las sombras de los shelteres o a la intemperie de las frías aceras donde dormía, a veces, aferrada a su frazada de cuadros celestes, se acompañaba además de unas cuantas familias quienes intentaban conciliar el sueño y no dormían para proteger a sus niños de la perversión callejera que pululaba entre los homeless, la drogadicción y el olor a opio constante. Lucinda se sentía adolorida por el frio, por no haber descansado lo suficiente la noche anterior y el ruido, ese canijo metiche que se colaba intermitente en su cabeza.
Era una recién llegada, sin información y sabía muy poco sobre cómo sobrevivir los duros inviernos en aquella ciudad. Tampoco sabía cómo moverse y conseguir las cosas necesarias. Después de su llegada del willderness, más
de la mitad de la gente que Lucinda acompañaba había muerto de hambre antes de la primavera, algunos otros víctimas de la violencia y el abuso de los borders patrol cuando intentaban cruzar ese desierto; como bien dice la Allende, los que aún Vivian estaban muy lejos; así es el exilio, lanza a la gente a los cuatro vientos y después resulta muy difícil reunir a los dispersos. Así que cuando el invierno por fin llego. Agradeció la presencia de un indio de nombre Squanto, a quien ella llamaba “mi oro liquido” porque hablaba inglés y le enseñó a los inmigrantes, como Lucinda, a conseguir refugios adecuados para el clima y donde solicitar ayuda de todo tipo, ya que Squanto fue "un instrumento especial enviado por Dios”, decía Lucinda, había cubierto sus necesidades y expectativas. Agradecía a Dios por enviar a Squanto y proporcionar la provisión de alimento inmediato que necesitaba.
Aquellos inmigrantes eran personas muy espirituales que expresaban apropiadamente su gratitud por haber sobrevivido en el primer mundo, al racismo asesino de los minute men; Se dirigieron por primera vez a la Biblia y leyeron sobre la celebración de la fiesta hebrea de “Sucot”, también llamada Fiesta de los Tabernáculos o Fiesta de la Recolección. Este festival era el más alegre y se celebraba en las calles, juntando a la gente y a los niños. Recitaban versículos bíblicos a la intemperie, dándole toda la gloria a Dios por proporcionar y por enviar provisiones y ayudarlos a sobrevivir.
Descendientes de esas primeras fiestas fueron los inmigrantes quienes tenían mucho en común con los Israelitas: ambos grupos escaparon de la pobreza y la esclavitud al irse a nuevas tierras y fueron bendecidos por Dios. Los inmigrantes sobrevivientes, como Lucinda, empezaron la tradición americana de dar gracias a Dios basados en los relatos bíblicos. "Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús" (1ra de Tesalonicenses 5:16-18). "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias" (Filipenses 4:6).
De cómo lo conoció, ya se verá…
Daniel de miel era un hombre singular, quiero decir, no era este un gringo cualquiera. Con su completo dominio del idioma español y su amplia trayectoria en la calle, Daniel era un tipo experimentado porque a pesar de tener problemas con las drogas, su deseo de salir de ahí era genuino y urgente. Siempre pensó que era necesario conocer una mujer, tener una compañera idónea con la quien compartir sus emociones y sueños más íntimos; Daniel sentía que caía poco a poco por un hoyo oscuro y profundo, ya le había comentado a Lucinda -“pues sería un cenote sagrado mas bien”.- Comento Lucinda en broma, por eso, cuando se la encontró ahí, afuera del shelter de la Next Door Lucinda le llamo por completo la atención, simple y sencillamente porque había dentro de ella una fuerza sobrenatural que le daba balance interior y le llenaba de luz y valor, y esto para él era suficiente para seguir su camino junto a ella. Ahora simplemente estaba allí, contemplando las barras del viejo edificio del shelter de la Next Door ubicado en la calle Polk. Meditaba y fumaba haciendo hanging out.
Valor era precisamente lo que buscaba Daniel, valor para salir de su problema con las drogas. Daniel la miro, y por primera vez desde que se topaba con ella, sintió que alguien verdaderamente sentía se compadecía de él. Su corazón y su vida hechos pedazos necesitaban una restauración completa: saludarla, hablar con ella, conocerla y ganar su amistad y compañía era un asunto fundamental para su vida en ese instante de dolor y malos recuerdos. Daniel al igual que Lucinda simplemente se había topado con la gente equivocada pero ninguno de los dos sabía esto; tan solo eran como dos piezas complementarias que Dios puso en su tablero y comenzó a moverlas convenientemente y el resultado final estaría por verse.
En un giro de ciento ochenta grados que ella dio, ¡zaz! ahí estaba ese hombre al paso. Ella jamás lo saludaba, si acaso algún "morning" o "Thanks" muy escueto, pues por demás estaba decir que Lucinda jamás imagino que el hablaría español tan bien como lo hacia ella y esto era una proeza en Daniel a pesar de que era el ingles la primera lengua que mamo del pecho de su madre. (1) -Buenos días, saludo el gringo de ojos amarillos y tez muy blanca, como un vampiro que sobrevive a una mañana de fría incertidumbre. Lucinda lo miro como quien se encuentra de pronto con una visión espectral, y le devolvió el saludo, -buenos días-, respondió ella. Parecía extraño escucharle hablar su mismo idioma, parecía extraño voltear a mirar y encontrarse con esa imagen tan peculiar como sacada de un cuento gótico y ahora, al recibir ese saludo tan familiar, se había diluido dicha imagen para siempre y se había vuelto más cercano a ella.-¿Hablas español? Pregunto ella llena de curiosidad. -Un poco. Respondió Daniel lleno de pena pero con una sonrisa instantánea como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de reacciones
¡Qué grata sorpresa!... –comento ella-, -y como ya lo dijo la Grandes tiempo atrás, definitivamente resignada a la estupefacción.
-solo un poco, -insistió el estadounidense.
- ¿Solo un poco?- Parece que se ha convertido en toda una moda hablar español aquí en Estados Unidos, -te felicito amigo-. -No has parado de hablar en español desde que te conozco-.
-Gracias - respondió Daniel automáticamente como quien está esperando el halago. Daniel la miraba fascinado con una risa picarona y ella sonreía divertida. Se despidieron por el momento, pero se llamarían más tarde con la firme promesa de volverse a encontrar. Daniel quedo sorprendido de la aceptación que de inmediato le profeso aquella mujer quien sin pretensiones de ningún tipo, ni juegos tontos, ni escapadas al estilo de su ex, simplemente estaba ahí para acogerlo y el sintió una bienvenida cálida y un permanecer sereno junto a aquella extranjera quien todo el tiempo lo único que pretendía era divertirse con su idioma y el idioma que ella hablaba era tan distinto al español aparente que él le oía hablar entre dientes; estaba claro, Lucinda no hablaba español, hablaba mucho más que eso,
era un idioma que lo hacía perderse en las lejanías de su memoria y reencontrarse con sus más gratos recuerdos de infancia, sus raíces, las que el atesoraba y por el momento Lucinda lo había hecho regresar ahí. Por esa razón Daniel prefería hablar esa dulce lengua que había traído la inmigración a su país, y que tanto le había costado aprender porque en el fondo, la intuición le había llevado a comprender que el español abriría nuevos lugares en su mente y en su corazón a él, que era un tipo bastante reservado y tímido en su propio idioma, el descubrimiento del español había sido una hazaña pues había descubierto una nueva forma de ser más abierto y sincero con respecto a sus propios valores, sentimientos y maneras de adaptarse a lo que viniera.
Daniel sabía muy bien donde se reunía esa mujer y estaba decidido, iría en su búsqueda; así que camino hasta la calle Vann Ness y doblo a la derecha por la O’Farril hasta dar con el Cofee Shop favorito de Lucinda , ese era su refugio y Daniel lo sabía. Se detuvo en el portal y cuando volteo a la izquierda ahí estaba ella como todas las tardes, tomando su café; escribía mientras consultaba su vieja biblia. Daniel se acerco hasta su mesa y le pregunto a quemarropa: -¿Oye tú a qué te dedicas? Cuando Lucinda entorno la mirada para responderle ahí estaba ese hombre curioso parado frente a ella esperando una respuesta, y Lucinda lo observo sorprendida y hasta con un toque de decepción pues lo sintió un tanto confundido y nervioso. La mujer se apresuro a preguntarle, ¿oye no te vas a sentar?, pero Daniel, se sentía distraído por el bullicio del lugar, le respondió que iría por un café, -¿quieres tu algo? -Por el momento estoy bien, le respondió Lucinda atareada pues se le iba la idea que en su mente estaba a punto de concretar. Cuando Daniel se sentó frente a ella todavía con la curiosidad encima entonces Lucinda le contesto – soy evangelista, - ¿Evange qué?, pregunto Daniel con curiosidad. -Evangelista respondió Lucinda, - ¿y eso que es?, ¿Qué quiere decir? -Que soy una dispensadora de los misterios de Dios, -uy pues ahora ya entendí menos, respondió Daniel convencido de ello y levantando el entrecejo. Lucinda, que ya le había pescado al vuelo los pensamientos a Daniel se apuro a contestar: -pero no he, no es una maquina dispensadora de favores, aunque mucha gente así lo cree; Dios no es eso. Dios provee un significado y propósito a nuestras vidas mucho mejor, donde su poder, su amor y su misericordia nos regalan la esperanza de triunfar en cada prueba.
-Haaaber dijo Daniel al oír hablar a Lucinda de esa manera, a Daniel se le iluminaron los ojos como antorchas pues jamás había oído a alguien expresarse así al hablar de Dios. Para Daniel la divinidad era un concepto bastante lejano y mucho menos había que pensar en eso de ir a una iglesia.
En el transcurso de la tarde se pusieron de acuerdo para recorrer San Francisco: subieron al puente Golden Gate y posteriormente caminaron largo tiempo sobre el muelle 39 donde comieron fritangas mexicanas y se metieron a un bar caro y compraron un par de cervezas. Finalizaron tomando un té de raíces amargas tumbados y riendo a carcajadas sobre una de las miles de butacas del el jardín del el barrio chino.
Lucinda sentía que caminaba entre nubes al tener por primera vez un amigo con quien aparte de comunicarse plenamente, le era grata su presencia física, porque Daniel para hablar sin más rodeos, le gustaba. Había sin duda una conexión entre ambos y esta sensación le hacía burbujear la sangre como un alka seltzer era tan importante para Lucinda, que se preguntaba qué tan dispuesto estaba él para iniciar una relación.
Anduvieron sobre la avenida Vann Ness y voltearon sobre la Mission street hasta que los sorprendió la noche, y regresaron al shelter para quedarse cada quien en su piso, pensando el uno en el otro. Se enviaban mensajes de texto por el celular hasta que se quedaban dormidos, y al día siguiente volvían a verse a eso de las seis de la mañana para continuar su recorrido por la ciudad de los fuertes vientos. Disfrutaban la sensación de hacerse compañía se perdían entre los cofee shops de la ciudad para tomar un largo brekfast, acompañado de sus platicas y experiencias que a ambos les urgía compartir, pues ambos compartían la idea de que había mucho campo vacio e inexplorado desde que se conocieron, de tal modo que era necesario y urgente compartirlo todo para ganar tiempo y de tal modo continuaban sus aventuras en librerías, bares, cinemas y restaurantes.
Fueron a una exposición de pintura a la ocho de la mañana y a Lucinda el acto le pareció extraordinario pues no había ni vino blanco ni rojo ni canapés, sino champan y caviar, una ¡locura!, pensó Lucinda. Daniel sonreía divertido mientras ingería cada copa que llegaba a él y se entretenía viendo la mercancía de carne y huesos que exhibían las espectadoras en la galería.
“El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir:”
Frederick Beigbeder
Una tarde Daniel de miel llego hacia ella más pálido que nunca y apenas podía hablar. Ella lo miro sobresaltada y con un mal presentimiento, con la aguda intuición de que él le daría una noticia fatal, así que decepcionada le miro y le escucho:
- Tengo que ir a resolver un asunto ,volveré para la cena.- Aquella situación no le gusto nada a Lucinda, pues Daniel venía acompañado de una mujer muy extraña, tanto, que su delgadez tocaba ya los huesos y su aspecto era como el de un fantasma. Vestida de negro, con todos esos collares estrafalarios y la rubia melena que sobrepasaba los hombros; Lucinda le miro sorprendida los bultos que se le formaban debajo de los ojos y estos habían perdido ya su color. A Lucinda le sorprendió aun más la forma de sus dientes que terminaban en pico, totalmente dañados por el crack : parecían de piraña.
- Qué asunto tienes que arreglar y quien es esta mujer- Pregunto Lucinda con el ceno fruncido y la desesperación en el pecho que le subía como una profunda marea.
-Después te contare, ahora debo irme.- Y Daniel se perdió esa tarde con aquella mujer detrás de él.
Lucinda los veía partir en la distancia y platicar entre sí. Ella no comprendía nada aunque de una cosa si estaba segura: su actual compañero ya no regresaría para la cena como se lo había prometido.
Daniel de miel desapareció por treinta largos días. Lucinda le espero paciente al principio hasta que se le agotaban los días y estos eran como un precipicio para su desolación y larga incertidumbre, pues no lograba conciliar el sueño y no sabía donde habría podido ir su compañero de cortos viajes y largas aventuras. Tampoco sabía a ciencia cierta si volvería. Sabía que tenía tanto que platicar con él y hasta pudiera ser que Lucinda se encontrara atrapada en esa ciudad de momento, pues sin Daniel, su gran conocedor de las calles, no sabía hacia donde voltear ni qué dirección tomar; se sentía tan petrificada como la mujer de Lot. Lucinda sintió miedo. Anhelaba tanto el regreso de Daniel que su mente y su imaginación habían trazado una serie de historias sobre ciudades, países, paisajes y gente que ella jamás conocería; pero cuando un residente nuevo llegaba al shelter del Sanctuary donde ella se hospedaba, Lucinda siempre desplegaba su batería de preguntas “de dónde eres” “a que te dedicas” “me cuentas una historia”; ella solía darse el tiempo y la paciencia para escuchar aquellas historias con ojos brillantes y vivos. Añoraba el regreso de Daniel y todo el tiempo se sorprendía soñando con su regreso así que Lucinda ya tenía todo un arsenal de historias listo para cuando volviera Daniel. Muchas veces ni siquiera era necesario preguntar nada, simplemente se sentaba a observar su forma de vestir, su conducta, su manera de hablar y de caminar y listo!, ya tenía los personajes bien trazados. Esta vez fui más allá del océano, -le contaría, el océano del lado donde el Sol sale, no junto a las focas en donde estuvimos la última vez. Tome un barco en un muelle imaginario y tuve el valor suficiente de ir tan lejos sola, y fui mucho más allá de las montanas que anhelas y estuve en altamar desde que la luna comenzó a trazar un círculo perfecto en el cielo, comenzó a hacerse más pequeña y luego cada vez más grande hasta que estuvo llena nuevamente. Durante media hora me quede mirando en lontananza y allá hasta donde alcanzaba mi vista no había más que mar, tan solo agua y cielo, ¿te lo imaginas Donny? Ella se imaginaba a Daniel escuchándola, con las mejillas pálidas y sin aliento, pero sonriendo con esa dulzura todavía intacta en el hombre de 37 anos que a pesar de los escombros todavía era un niño de gran estatura. Y Lucinda acariciando con dificultad la frágil y delgada piel blanca quebrada y ahora sin brillo de Daniel, le hablaba del océano y del cielo azul y de esa fina línea horizontal que los dividía como un acto de amor y lealtad de parte de ella. Era como si Daniel de miel hubiera estado en coma durante todos esos días y cabía la esperanza en Lucinda de seguir hablándole sobre aquella batalla naval que tino de rojo el océano la tarde de su partida, cuando la dejo con el ánimo destrozado y con ese sentimiento de insoportable soledad que la agobiaba. Lucinda deseaba seguir sonriendo pero esta vez las circunstancias la amordazaron.
De cómo se volvieron a encontrar…
Habían pasado ya treinta días desde que partió Daniel aquella tarde, sin darle ninguna explicación a Lucinda, llevándola prácticamente a la intemperie y a la desolación como si de nuevo caminara sobre el willderness, como cuando intentaba cruzar la frontera y el sol la abrazaba con sus tentáculos de fuego; de cuando el tiempo no les acompañaba: mucho viento, lluvia, altos obligatorios en el camino y casi nada para comer; sucios y chorreando en sudor porque lo único de lo que los habían provisto era de agua para tomar y Lucinda ya tenía sed de nuevo. Sed de tenerlo cerca, de volver a hablar con Daniel, sed de abrazarlo y volver a sentir su compañía.
Así pasaba las horas Lucinda, a la espera de ese hombre secular al que ella imaginaba volar en las noches como un satélite, por eso durante su ausencia siempre volteo la mirada hacia el cielo. Lucinda, Lucinda, se repetía a sí misma como incrédula mientras se veía en el espejo de mano que sacaba de su cartera y esbozaba una sonrisa tímida. -Ah que vieja tan chiveada, se me hace que ya te enamoraste, pendeja.- Pensaba para sí misma mientras su cuerpo daba un impulso hacia arriba para levantarse del asiento y hacer un alto para bajar del tranvía sobre la Marquet Street y la Vann Ness. Volteo hacia la derecha y se topo con la calle donde se ubicada la clínica Tomm Wadell, donde Lucinda acudía regularmente para chequearse y hacer alguno que otro examen de rutina.
La tarde que Daniel regreso, venia caminando azarosamente con ese andar de aspecto desgarbado que le caracterizaba siempre, daba pasos inseguros como quien camina por la cuerda floja, aunque esta vez venia caminando por una callecita perpendicular a la clínica, El sabía que Lucinda acudía con frecuencia e iba en su búsqueda. Cuando Lucinda salió de su consulta y abandono el viejo edificio histórico le vio de improviso, el venia cruzando la acera contraria directo hacia ella. Lucinda se quedo petrificada sobre la banqueta y Daniel hizo un alto para mirarla a distancia, -hola – saludo él, acercándose con cautela, como teniendo cuidado de no ser arañado por un gato, abordándola con un aire de que no pasaba nada verdaderamente, aunque de entrada ella no lo reconoció en su proceder. Ella sabía que Daniel no solía tener ese ímpetu tan abrupto y aunque estaba resuelta a averiguar a toda costa que íntimos motivos lo habían llevado a tomar la resolución de volver a ella casi corriendo, como huyendo de alguien… ¿La desesperación tal vez? ¿Pero de quien o de que verdaderamente huía? Daba igual, ya lo averiguaría ella con el tiempo, así que con la misma actitud Lucinda le devolvió el saludo.
Ambos se miraban fija y extrañamente, recordando la mezcla de todas aquellas cualidades que los volvían tan diferentes al común de los demás y, como venía haciendo cada mañana, el le dio un beso en la mejilla y le deseo los buenos días. Lucinda saludando de nuevo a su compañero con mucha cortesía y respeto le dio la bienvenida aquella tarde y nuevamente escucho esa risa de niño que manaba de él, fresca como un rio mientras sus brazos rodeaban a Lucinda. Fue cuando ella supo que todo había vuelto a la normalidad, -estas de vuelta- le dijo ella con beneplácito, devolviéndole el abrazo y reían juntos.
Perdida en el abismo
Despertó azulosa y áspera esa mañana de fría incertidumbre, cuando lo encontró reclinado sobre la estera de los edificios vecinos, mirando la secreta huida de las luces en los balcones y jardines de la ciudad. Caminaba sonámbulo y sin fronteras sobre la banqueta contraria al edificio de la Next Door; y hasta entonces lo supo lejano. Sintió que la soledad era un muro trepidante; la sintió herrumbrosa y un tanto impersonal, incluso durante la hora más lúgubre del día siempre se las había arreglado para salir adelante. Viajaba en una especie de eco animal, un lamento que se extendía en las inmediaciones de la noche y continuaba rumiando su veneno musical durante las primeras horas del alba. Lucinda se sentó frente a ese ángel desvelado y le ofreció su encendedor de nácar como una secreta caricia, como una iniciación del fuego entre ellos para esa noche nevada. El, disimulando, comenzó a fumar, estudiándola a fondo y estuvo así, por un buen rato.
Daniel le comento a Lucinda que en alguna vida anterior creyó haberla visto, porque su perfume y el espeso bosque en su mirada le eran familiares. Lucinda le miro con una desconfianza poco habitual en ella, quien también estudiaba el mapa de su rostro, confieso que Lucinda pensó que Daniel no sabía muy bien lo que estaba diciendo; tan apesadumbrado como estaba todavía por el uso de narcóticos a esas horas de la madrugada cuando el frio se concentra, fue cuando ella descubrió ese fino y casi imperceptible lunar bajo su mirada de estrellas, tan bajo al firmamento salino de su piel, el fino y delgado declive de su nariz como un montículo, y esa boca que, insistió, le parecía haber besado vidas atrás. Ahora vivía con una sonrisa diáfana y perturbadora que parecía un riachuelo. Lucinda recordó que los ojos de Daniel eran antes vivaces con una mezcla de tonalidades entre verde y café que se fundían entre si y cambiaban de color según su estado de ánimo y se cruzaban constantemente en el traficar de recuerdos. Algunas veces se entornaban para mirar con un extraño resplandor demencial, como quien piensa algo terrible y luego se retrae. Camino junto a el hasta perderse en el portal del alba. Lucinda me confesó que tuvo que adaptarse al amargo silencio y esa ansiedad que padecía Daniel. Entonces los brazos de Lucinda se convirtieron en una enredadera y abrazaron a Daniel. Recordaron cuando juntos treparon entre los arboles de agosto dilatándose en el desmesurado espacio de sus ramas y hojas. Algunos peatones saludaron con cortesía a la pareja. A las seis de la mañana conversaban tomando un té de raíces, una vez más en el jardín japonés del barrio chino. Continuaron su recorrido mirando hacia el cielo y el cielo los saludo a su vez con precipitaciones futuras, aviones y satélites y diminutos puntos plateados que explotaban a los primeros albores del día.
Eran las cuatro de la tarde y todavía les faltaba recorrer las aceras aledañas al jardín. Lucinda canturreaba y Daniel continuaba silbando; ambos se marchaban con una espesa niebla sobre sus cabezas que ascendía como incienso y se quedaba a vivir en el interior de las nubes. ¿Necesitaban preguntarse acaso que era lo que les acercaba y les hacia rechazarse? Lucinda encendió el fuego para alumbrar su camino junto a Daniel en completa paz y camaradería porque deseaba encontrar junto a él ese lugar en el que finalmente todos anhelamos estar.
Había momentos en los que Lucinda también lloraba en esos días de profundo silencio y pesar eterno, de los que no se podía confiar ni de su propia sombra. Ella sentía que La duda era un demonio que pudría su memoria y sentimientos, un virus que en ocasiones la invadía y gracias a esto ella pensaba que tal vez estaba haciendo las cosas mal. Incluso solía pensar que su vida estaba del todo equivocada; situación que venía analizando con la lente inexorable del tiempo y concluyo que reinventándose podría llegar tal vez hacia la otra orilla. Para esto no estaba sola, Lucinda era una mujer con imaginación; tenía la profunda convicción de restaurar su vida, por eso sus desvelos, por eso su búsqueda constante de Dios pues reclamaba su unción para poder seguir el camino en su escritura. La literatura era un componente muy importante en su vida; era ese fuego interno que en ella nunca se había extinguido -gracias a Dios -, murmuraba ella en los trenes, cuando viajaba en soledad, y vivía con esa inquietud con la que confrontaba aquellos fantasmas que habían decidido hacerle meya a su pasado, como dijera en una ocasión Anaïs Nin “El orden me da seguridad, es la filosofía de los japoneses, si todo esta ordenado es más fácil pensar con claridad”.
El encuentro
Lucinda buscaba la estabilidad a través del orden y la espiritualidad. Era hora de reorganizarlo todo y mirarlo a través del crisol del amor pues amaba su vida, o mejor aún, lo que vivía de ella en tiempo y espacio. Estaba dispuesta a ceder sus tesoros personales más preciados e íntimos por seguirla viviendo pero esta vez con mejor calidad y experiencias mucho más ricas y certeras; era una mujer con expectativas, de eso no cabía la menor duda y así como esperaba que el invierno bajara desde la cordillera norte hasta el área de la bahía, intentaba observar el panorama con claridad y sin perder lujo de detalles solo para tener algo que contarse a sí misma y poder acallar sus dolencias y sus lagrimas.
Cuando Lucinda descubrió aquella plaza de las naciones unidas, llego ahí, cuando se bajo de la estación U.N. Plaza “CívicCenter”. La tarde lucia solitaria y sin brillo, aquel domingo de sombras no se antojaba nada para vagabundear. Cuando decidió dar vuelta atrás voló tras de sí un grupo enorme de palomas y advirtió que había una serie de banderas de multinacionales, se detuvo a observar buscando la bandera de su país mientras permanecía distraída erguida sobre el verdor de la alfombra del parque, Daniel la sorprendió a sus espaldas tapándole los ojos. -Adivina quién soy,- pregunto él con inocencia y dulzura. Lucinda no pudo más que voltear hacia él y saludarle con un beso bien plantado en la boca con el que dejaba por sentado la relación que había ya entre ambos.
Se sentaron en una de las bancas del parque para conversar con el pan que Lucinda había traído de su trabajo para comer, fueron muchas las ocasiones en las que la lluvia no dejaba de sorprenderlos, todo ese mes de octubre y el anterior, pero ambos sabían que la nota festiva era el amor que recién había nacido entre ellos como un niño. Daniel propuso refugiarse en uno de esos hoteles que les quedaba al paso y su propuesta, sus palabras, su compañía le embriagaban como un vino dulce y cauterizador en aquella tarde que para entonces comenzaba a ser noche. Ya le había dicho ella en una ocasión a Daniel que él era su familia, su hogar, su rincón más intimo, el que la prodigaba de calor y caricias y le hacía sentir vital. Terminaron de comer y caminaron un par de cuadras arriba sobre la calle Mission y se refugiaron de la lluvia y el frio en uno de los muchos hoteles que hay por ahí. Era la primera vez que Lucinda inauguraba la cama de Daniel y la sintió tibia y protectora. Ambos durmieron sin ropa y comenzó la fiesta entre ellos, sería el amor, el deseo de sentirse cerca el uno del otro, de prodigarse calor y caricias, Lucinda por ser penetrada y Daniel por poseerla. Se besaron toda la noche intensamente, hicieron el amor hasta las altas horas de la madrugada. A Lucinda ese cuerpo delgado pero de músculos definidos le excitaba, le satisfacía enormente que él se desnudara en señal de entrega. Ese cuerpo albo, pero cubierto de tatuajes en su mayor parte, era el candil que le iluminaba esa noche y le prodigaba íntimos deseos jamás explorados por Lucinda, y esa era la entrega de parte de ella, quien yacía a su lado extenuado pero lleno de nuevos bríos.
Cuando despertaron bastante tarde era sábado por el mediodía y se despidieron del hotel para tomar un desayuno frugal cerca de la calle donde Lucinda tenía un storage. Esta vez caminaron por un sinfín de callecitas desconocidas hasta entonces, -pues por donde me traes, le preguntaba Lucinda caminando sobre el empedrado con dificultad, -tu solo sígueme, le respondía Daniel, esta vez llegaron a una estación donde iban y venían trenes desde todas direcciones y se desplazaban hacia todas las pequeñas ciudades aledañas a San Francisco, ellos tomarían el tren hacia Oakland .
Oakland California era un pueblito pintoresco a las afueras de San Francisco, pero muy cercano a sus ganas de perderse entre la niebla de aquel pequeño pueblo fantasma, le llamaron así los dos porque para ellos era divertido, miraban las mascotas de refugio, y a Lucinda esa situación la llenaba de angustia, -mírales las caras, le decía a Daniel muy bajito, así estamos nosotros como esos animalitos, sin hogar, Daniel solo se le quedaba viendo sin comprenderla, pero sentía este hecho tan letal que le llenaba mas el alma de pesar y compasión por aquellos animalitos en abandono. - Como me gustaría tener una casa, comentaba Daniel, para adoptarlos a todos. Había perros, gatos, conejos y tortugas de todos los tamaños y colores y hasta un hámster que nadie abandono pero se había extraviado. Había niños jugando bajo la niebla en sus triciclos, y había parejas que al igual que ellos tomaban café bajo la niebla. Lucinda pensaba que ese pequeño pueblo la hacía salirse de la cotidianeidad pues constantemente ella sonaba con que viajarían a lugares lejanos y Oakland era la oportunidad perfecta de contarle a Daniel sus sueños y expectativas.
-¿Por qué no nos vamos de aquí?, le comento Lucinda a su compañero.
-Es lo que más deseo, le respondió Daniel con premura: te juro que voy a terminar matando a alguien si no nos vamos pronto de aquí, concluyo Daniel. - ¡Pues vámonos!, apuro Lucinda quien nunca pensó que la cosa fuera tan grave, se le quedaba mirando a Daniel con cara de sorpresa, era la más interesada en partir, pues deseaba tener a Daniel lo más alejado posible de la drogadicción, la perversión, el vandalismo, la violencia en las calles y la tentación de toparse con Tamariz Leondoño , aquella indígena chiapaneca que Daniel conoció poco después de salir de la cárcel.
Tamariz Leondoño tenía el pelo muy negro y tan largo que le llegaba a la cintura, los labios tan rojos como si trajera una flor en la boca y la falda tan corta y tan parecida a la extrema pobreza en la que ella vivía allá en su niñez. El alcoholismo era su hobbie favorito, y aunque al principio todo iba bien con ellos, pues Daniel no conocía el tequila y termino abusando de la novedad. Con el tiempo la relación comenzó a contaminarse cuando ella solo bebía por embriaguez y peleaba constantemente con Daniel hasta cansarlo. El problema era tal vez que Daniel jamás imagino o quiso aceptar que Tamariz quería hacer su vida como prostituta porque, a decir verdad, las circunstancias ya la venían perfilando para ser la candidata perfecta de las calles. La pobre incauta pensaba que con su juventud y belleza conseguiría cualquier cosa. Tamariz Leondoño, o “Prieta” como le llamaban las únicas dos amigas que tenia y que se dedicaban ” los amores de barra,” era como un capitulo que le urgía cerrar a Daniel, pues el desenlace de esa relación había sido poco más que desastroso; así que Lucinda dejo de hacer preguntas cuando se la topaban trabajando en las calles de San Francisco. - ¡Queee peeerra mira nomas!, , parece que “tu amiguita” sabe hacer muy bien su labor,- comentaba Lucinda con burla cuando ambos veían a Tamariz abordar un coche lujoso. - Yo pienso que si- mascullaba Daniel entre dientes y con una expresión de derrota en sus ojos.
Cuando vivíamos en Los Ángeles todo era distinto porque Tamariz acababa de llegar de la selva de Chiapas, venía bien prófuga del metate, le comentaba Daniel a Lucinda y Lucinda reía a morir con las expresiones del habla tan coloquial con las que Daniel se expresaba ¡No inventes! -Comentaba Lucinda y entonces después que le paso? – ¡i’m do not have idea!
En Tamariz despertaron las aras del materialismo y ella despertó al placer de tener cada vez más dinero. - Yo no entiendo porque el dinero excita sexualmente a algunas mujeres- comentaba Daniel meditativo, mira no voy a negarte que Tamariz es una mujer bastante coqueta y siempre me hizo la vida de cuadritos con ese detalle. Cuando salíamos juntos siempre había hombres que la pretendían y ella los favorecía con sus atenciones, aun y delante de mí. -¡Mira que ca… ¿Qué conchuda la tipa, no?- comentaba Lucinda con sorpresa pensando que Tamariz era una de esas fulanas que actúan siempre tratando de sacar la mejor ventaja sobre cualquier situación, y eso la lleno de rabia. Daniel de Miel, el hombre reconocido por Lucinda el que ahora ella apreciaba por los múltiples valores que Lucinda veía él; lleno de sinceridad y férrea fuerza de voluntad para salir adelante con su problema de alcoholismo y drogas había pasado por las manos de esa mujer en el pasado y era ese detalle, tan solo ese, que bastaba para llenar a Lucinda de celos y cólera mi Daniel pensaba ella, en las manos de esa infeliz criatura diabólica quien asomaba todo el tiempo una sonrisa falsa y quien sabe cuánto daño le habría hecho ella a él. Lucinda pensaba esto porque en el fondo sabia que Daniel era un tipo al que no le había ido nada bien en la vida y esa situación le preocupaba bastante. Lucinda siempre le decía a Daniel que aunque ellos dos no hubieran tenido nada que ver en la actualidad, Lucinda hubiera dado hasta su propia vida porque Daniel conociera la felicidad. Aunque claro, Lucinda pensaba a veces también que para cuando Daniel salió de la cárcel tenía ya bastante karma que pagar y solo se había encontrado con la horma de sus zapatos. Claro, reflexionaba Lucinda, cuentas por pagar allá arriba…
Por eso cuando Tamariz Leondoño le notifico formalmente a Daniel sobre su nueva profesión la tierra se le abrió a él en dos de golpe. -¿Cómo? Respondió el sin aliento aunque ya lo venia intuyendo desde aquella noche cuando llego cansado del trabajo y la cama no estaba en la posición en la que el sabia que se encontraba siempre, solo que venía tan cansado del trabajo que se acostó y no dijo nada esa noche, y las noches que le seguían a esta observo lo mismo, caray, hasta que se le ocurrió mirar debajo de la cama y ahí lo encontró, pálido y transparente diluyéndosele el liquido blancuzco que lo contenía, húmedo todavía. Lo tomo entre sus dos dedos y lo subió de tal punto que lo detuvo entre ceja y oreja y le pregunto a la mujer llena de ebriedad que le miraba como siempre retadora: -Tamariz, ¿qué es esto? Como la mujer apenas podía hablar, arrastraba las palabras para responder: -nooo seee, tuu looo deejjjjaaaasteee ahiii Y Tamariz queriendo tomar ventaja sobre cualquier situación como siempre, abrió de par en par los enormes y rasgados ojos negros y apunto: - ¿mmmeee parece quueeee sooyyy yo laa que deeebeee preeeguuunnntaaarteee?.
Daniel la miro con las pupilas disparadas de sus orbitas sin poderlo creer, mientras ella parecía una trapecista que caminaba balanceándose en la cuerda floja, todo ese tiempo que hablaba y caminaba con derroche de cinismo. Esa era la vida de Daniel y Tamariz, un infierno, por eso Daniel decidió dejarla. Cansado como estaba del drama y la constante agonía en la que vivía junto a esta dipsómana mujer a quien además le gustaba el juego de cartas y las peleas de todo tipo, mismas que ella organizaba en su casa donde vivía con Daniel, poniéndolo a tope; y Daniel trabajando turnos dobles a veces para poder pagar la renta del apartamento, siempre estirando el dinero cada mes, pues los excesos de alcohol y gastos en lencería y perfumes por parte de la puta eran cuantiosos.
Tamariz siempre creyó que si tenía contento en la cama a Daniel con eso bastaba y sobraba; jamás atisbo a pensar que él tuviese otro tipo de intereses y valores, que él ya había sobrevivido a ese viejo cuento del kamasutra y las mil y una noches. Daniel, aunque joven, había madurado; su estancia en la cárcel y el dolor de saberse completamente solo en el mundo le habían cambiado definitivamente hasta convertirlo en un nuevo hombre que buscaba la fidelidad y la estabilidad del hogar y la familia; y aunque era un hombre sexy porque contaba con un cuerpo esbelto y lleno de vitalidad que le enorgullecía, porque le hacía resaltar de entre el común de los demás, llamando la atención de ciertas mujeres cuando el vagaba por las calles y ciudades desconocidas para Lucinda hasta entonces, este hombre estaba bien forjado y sabía muy bien lo que él quería.
Fue una de esas noches especiales cuando Daniel y Tamariz comenzaron a beber de nueva cuenta cuando Tamariz saco de su bolso el clásico lápiz labial rojo encendido con el cual se cubría de modo exagerado los labios, y el delineador para pintarse esa línea de kohl oscura sobre los ojos rasgados y exóticos que muy bien le daba ese toque oriental y lejano como acostumbraba a hacerlo todo el tiempo. Daniel, que para entonces ya iría por el tercer trago, le pregunto con curiosidad: ¿y ahora a dónde vas? Era inevitable, la mujer ya lo tenía resuelto, - a trabajar en las barras, le respondió con una mueca perversa en su expresión. Daniel sintió el corazón lleno de zozobra y le pregunto -¿No te basta con lo que yo gano para cubrir los gastos, Tamariz? –lo que tu ganas no es suficiente y yo quiero más, necesito bastante porque tengo que mandarle dinero a mi familia en México, asevero ella con una sonrisa artificial. Un sentimiento de angustia y decepción se fue apoderando de Daniel quien lanzo por primera vez un grito que como un bólido atravesó el cuarto a gran velocidad para ir a incrustarse en Tamariz quien puso atención a sus palabras porque Daniel completamente ebrio lanzo un manotazo sobre el respaldo de la silla gritando,- yo te he dado dinero para que le mandes a tu familia, Tamariz, ¿pues cuanto más quieres? ¡Esto es el final!, amenazo Daniel con autoridad, si te vas a trabajar a las barras ¡lo nuestro se termina! La mujer sintió que Daniel le asesto un duro golpe a su orgullo y autoestima, entonces lanzo una sonora carcajada y arremetió salvajemente contra Daniel, dándole un puñetazo en la frente. La rabia de Daniel despertó como un cosquilleo sobre su piel y sus venas que semejante a la furia del popocatepetl en plena erupción y respondió con un puñetazo pero a la pared, pues sabía que no podía hacer nada que pudiera dañar a Tamariz y causar evidencia contra él. En estados unidos las leyes son muy efectivas y definitivas contra quienes practican violencia domestica y Tamariz sabia esto, así que lo provoco aun mas hasta inestabilizarlo por completo y Daniel, en un arranque de desesperación, la tomo de la mata de cabello con ambas manos y la sentó en el sillón, propinándole una cachetada. La mujer se levanto impulsada hacia arriba como si aquel sillón fuera de resortes, miraba hacia todas direcciones y acusaba con gritos a Daniel; parecía una gallina clueca mientras caminaba y a Daniel el espectáculo en lugar de darle lastima le dio risa.
Tamariz en venganza marco velozmente las teclas del celular que tiempo atrás le había obsequiado Daniel en un cumpleaños y llamo a la policía narrando los detalles. La policía llego en un santiamén arrestando al único hombre que en su vida le había tomado cariño y la había respetado tratándola como ser humano. A tamariz esa noche le sobrevino un llanto que parecía una tormenta en el desierto de su corazón, y pobrecita pero esa noche y las noches subsecuentes no fue a trabajar como lo tenía planeado, se quedo ahí tumbada en su cama llorando de pena, de rabia y de Dios sabe que mas, ella se lo había buscado por sus necedades y, a falta de juicio y sensatez, había estropeado su relación con el único hombre que en realidad tenía ánimo y voluntad de ayudarla.
Así había terminado Daniel su relación con Tamariz; ese viejo cuento que ahora reaparecía en su memoria y en su corazón como un viejo y sucio tapiz haciendo estragos en el.
Daniel estuvo encarcelado en el departamento de policía toda la madrugada. Eran las seis de la mañana de aquel sábado nublado y al salir Daniel simplemente se sintió liberado de aquella maldita mujer que entorpecía sus días como una maledicencia de la que ahora tenía y sentía la grata oportunidad de deshacerse por completo. Así que al salir a la calle, Daniel se sintió renovado y libre como aquella ocasión cuando después de haber permanecido durante ocho largos años en la cárcel en el condado de Wartburg, donde sus familiares jamás fueron a verlo durante todo ese tiempo en el que el joven permaneció bajo las sombras.
Así creció Daniel y se hizo hombre, cuando no le quedo de otra que pagar bien caros los errores de una familia mafiosa que le convirtió en delincuente, destrozándole la vida y los sueños para siempre. Por eso cuando Daniel salió por buena conducta de ese mar de ruinas que lo aislaba del mundo ya tenía bien claro lo que haría y su familia no contaba a su familia entre sus planes.
Uno de los planes de Daniel era desaparecer y por esa razón viajo a California ese verano del 2000 porque decía que ahí en la ciudad de los Ángeles la gente desaparecía con facilidad. Daniel pretendía seguir su vida en el anonimato, vagar entre sombras, descubrir una nueva vida y fue ahí donde la conoció. Ahora estaba ahí en el departamento de policía, en la calle Ellis en San Francisco, queriendo desaparecer de la vista de Tamariz.
Comenzó a caminar mientras la máquina de los recuerdos giraba en su mente, ese era su refugio, el lugar sagrado al que Daniel recurría constantemente y se fue volando hasta aquella época dorada de la adolescencia ¿A qué edad lo besaría Stella? Daniel tenía escasos dieciséis, corría el otoño de 1989 y tenía el cabello tan largo que le llegaba a la cintura con una melena lisa, densa y muy rubia que siempre se recogía en una cola de caballo. Era fuerte cuando la conoció. El muchacho de casi seis pies de alto salía de la escuela al despuntar el mediodía y ella, oportunista, una oficial retirada hacia tiempo, llena de ocio, lo descubrió aquella tarde que Daniel estaba pasando por su casa con su short de deporte y sin camisa; sin duda fue todo un espectáculo para aquella mujer de edad madura, quien ya lo tenía bien estudiado, debido a eso y ante el calor abrasador que imperaba, la mujer le invito a pasar a su casa para tomar algo. –¿Estudias por aquí cerca? Pregunto Stella mientras con un destello de perversidad en sus ojos recorría al muchacho inexperto, quien respondió ingenuo:-acabo de salir de mi clase de deporte y voy a mi casa a ver a mi perro. –mmm expreso la mujer mientras no perdía el tiempo y le miraba el torso e imaginaba un poco mas… entonces debes estar muuuy cansado, dijo ella arrastrando las palabras, -un poco-, el partido en la escuela estuvo intenso, respondió el chico, pero voy a mi casa, insistió, ¿y vives muy lejos?, continuaba Stella.En este mismo barrio, refirio Daniel. Uy, entonces puedes quedarte un poco más en mi casa sin preocupaciones, respondió Stella quien había descubierto que las circunstancias le eran del todo convenientes . Daniel recupero de un solo golpe imprevisto y brutal esa sensación de antaño que nunca hasta entonces había asociado con el filtreo, sino con la movilidad y la acción. Conocía ese ir y venir, ese entrar y salir y el acomodarse y el después no estar muy propio de los varones de su edad . Jamás había observado esa enorme hilera de casas que reposaban ahí a su lado derecho, como imponentes paquidermos frente a la playa desértica de la avenida porque simple y sencillamente no se había detenido a mirar, lo suyo era la acción, el empuje, como cualquier otro muchachito de dieciséis años que tan solo busca la nueva y próxima experiencia. El solo iba hacia donde le llevara su intuición.
Daniel llevaba ya mucho tiempo pasando por ahí hasta que apareció ese día esa amable y simpática vecina que lo invito así sin más a pasar a su casa sin saber mucho de él, -Debo irme, mi perro me está esperando-, insistía el muchacho apurado; además aunque usted me dice que vivimos cerca yo a usted no la conozco, ¿cómo es que se llama? –Ay perdón-, apresuro la mujer para tender la mano y saludar mi nombre es Stella, Stella Dickinson, apunto con una sonrisa traviesa y continúo: Necesito que me ayudes a cortar un poco el pasto de la yarda, ¿podrías hacer eso por mí?, pregunto la mujer mientras se acariciaba la corta pero rubia melena. Mira, entra por favor, y el jovencito entro a la casa detrás de ella; entonces el recordó que había visto esa casa por muchos días incluso meses pues por ahí pasaba para ir a la escuela.
Está bien, respondió Daniel poco convencido, pero ella se apuro a animarlo respondiendo: tengo boletos para el partido de los jardineros de Atlanta, ¿te interesa?, menciono la ventajosa mujer con una voz cantarina y coqueta. ¡Estupendo!, respondió el incauto adolescente y se dispuso a instalar las repisas bajo las instrucciones de aquella que posteriormente lo iniciaría en los ritos del amor, quien sabe si por vanidad propia, por aburrimiento, desazón o por qué no hasta un poquito de ocio.
Inevitablemente había un trasfondo en los ojos azules de Stella, esa segunda intención la llevaría a convertirlo con el tiempo en un amante experto y dispuesto para complacerla en todo momento. Ahora estaba ahí en su habitación y ella entre que le daba instrucciones de cómo instalar las repisas, hablaba con el chico y lo tocaba constantemente.
El cuerpo de Stella era menudo y delgado, aunque no en extremo y con una serie de tatuajes que se había hecho en su juventud sobre la pierna izquierda; ya que en la derecha, justo debajo del empeine llevaba la bandera de Estados Unidos, su país con todas las barras y estrellas reglamentarias, además de dos o tres cadenas que usaba al tobillo. En el tema del amor, Stella tenía bastante experiencia y ahora solo se le antojaba compartirla con Daniel, ese joven del torso excelente, decía ella, que le mojaba las pantaletas cada que se le acercaba, entonces ella se le acercaba de vez en cuando un poco mas y le contaba secretos sobre su experiencia amatoria a Daniel al oído y así le fue despertando la lívido a Daniel a quien se le enardecía la piel cada que aquella avezada mujer se le acercaba pidiéndole muy suavemente al oído: -¿y qué pasaría si me desvistieras eh?- menciono en un tono retador y ella a su vez le correspondía al muchacho haciéndole muy buenos favores . Daniel que siempre tomo todo esto como aprendizaje y un poco de diversión dentro de su disipada juventud; recordaba esto constantemente pues había sido una buena maestra y guía experta en el despertar sexual del joven de ese entonces.
Los problemas entre ellos comenzaron el día que Daniel ya no estuvo dispuesto a seguir con el juego, cuando muy temprano en la mañana Stella se presento en la escuela donde estudiaba Daniel y le quedaba a escasas cuadras de su casa. –Buenos días,- saludo ella con gracia y cortesía a Mr Richards, maestro en la clase de Daniel plantándose en la puerta del salón de clase desde donde podía verla Daniel , quien a pesar de eso se encontraba a gran distancia; Stella con su habitual vestido corto arriba de las rodillas y abierto por un costado con suficiente prudencia y un sombrero de playa para esconderse del sol parada desde sus plataformas de alpargata seguía hablando con Mr Richards mientras buscaba a Daniel con la mirada y en cuanto dio con su rostro Daniel bajo la cabeza, se tapo la cara con ambas manos y menaba la cabeza de un lado para otro como diciendo con su lenguaje corporal que no lo podía creer. A Daniel no le quedo de otra que salir huyendo detrás de ella del salón de clase y mientras caminaban hacia la salida de aquella hi school Daniel le reclamaba a la mujer sobre sus actos y le advirtió que si volvía a hacerlo, la dejaría por completo. Ese asunto no le gusto para nada a la rubia mujer quien sospechaba para ese entonces que Daniel se estaba aburriendo, entonces saco de la manga una treta descomunal amenazándolo con contarle lo ocurrido a las autoridades de la escuela. El muchacho la miro con decepción y lanzo una contra amenaza, advirtiéndole a Stella que tal vez para cuando se atreviera a hacerlo el ya no estaría ahí pues tenía todas las intenciones de marcharse. Y así sucedió, Daniel se marcho un día, pero no por venganza hacia la rubia sino porque ya lo tenía bien planeado meses atrás así que agarro su corta maleta y una mochila al hombro y al despuntar el alba se fue. Así como así, sin despedirse de nadie, ni siquiera de Lena, su madre, que se hubiera sentido un poco mejor si por lo menos Daniel le hubiera dicho aunque fuera un escueto adiós, pero no. Daniel sintió que no hubo tiempo para eso, el chico estaba agotado, tedioso y lo único que sabía es que quería un nuevo aire, entonces extendió sus alas allá en la madrugada y se marcho a Tennesee.
Ya en el autobús que tardaría aproximadamente unas cuatro horas en arribar en aquella ciudad de pandillas y callejones angostos que lo esperaba con los brazos abiertos; Daniel reparaba una y otra vez sobre la piel todavía dorada de Stella a pesar de la edad, deslizándose sobre la superficie de la suya, ávida y ardiente, de sus caricias y lecciones que sin duda para la edad del muchacho eran toda una novedad, y sus labios carnosos y ardientes haciendo toda la clase de maniobras que a él le gustaban y le excitaban sobremanera . Era un varón, por supuesto que lo era y se había enamorado de aquella mujer madura que lo prendía y lo había sabido llevar hasta el borde del paroxismo sexual. Pero era tan sin duda un varón que su orgullo de hombre no le había permitido voltear hacia atrás…
¿Y el amor? ¿Qué es el amor? Cosa tan rara se preguntaba Lucinda, trataba de encontrar una explicación para el amor a toda costa, así que consulto en su vieja biblia de mano y fue a primera de corintios capitulo 13, versículos del 4 al 8 donde explica : “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabaran, y cesaran las lenguas, y la ciencia acabara.
Amor-atada-amor-dazada-amor a todo vapor. Lucinda gugleó la palabra amor en su ordenador y ja! se sorprendió bastante a si misma de todas las definiciones de amor que le dio la wiky, enciclopedia libre: El amor es un concepto universal relativo a la afinidad entre seres, definido de diversas formas según las diferentes ideologías y puntos de vista científico, filosófico, religioso y artístico. Habitualmente, y fundamentalmente en Occidente, se interpreta como un sentimiento relacionado con el afecto y el apego y resultante y productor de una serie de emociones, experiencias y actitudes. En el contexto filosófico, el amor es una virtud que representa toda la bondad, compasión y afecto del ser humano. También puede describirse como acciones dirigidas hacia otros y basadas en la compasión, o bien como acciones dirigidas hacia otros (o hacia uno mismo) y basadas en el afecto.
Se sintió identificada con la definición de Eros, el dios griego del amor y se lo imagino sexy aunque gordito y geniudo, también había canciones de amor de Cristian Castro y Chayane, ¡oooralesss!, como si ese par de zopencos homosexuales supieran del amor, pensó, si como no. Asevero Lucinda dándole un tono gracioso y rítmico a la expresión. –Jajajajaja, carcajeó y recordó el Génesis bíblico, esa historia del amor como un favor inmerecido de parte de Dios.
Dios les otorgó el amor a Adán y Eva para que lo guardasen entre si y lo cultivaran, para que se multiplicaran y pudieran de esa forma vivir una existencia en armonía. Lucinda concluyo que sin el amor no hay nada y solo hasta entonces, después de la desaparición de Daniel, sintió que afloraba nuevamente aquella sonrisa dulce en ella. Sabía que el concepto de la familia no tenía que ser un concepto económico-político como se lo había dado a entender el google, la raíz de la familia se origino con Dios en el jardín del Edén, seguramente, reafirmo ella , aunque por momentos pareciera un lugar común en su mente, esa era la razón por la que pretendía buscar un significado más afín a sus ideas y concluyo, para que se complementen el uno al otro; si el hombre tiene la fuerza, la mujer tiene candidez, si el hombre tiene la razón , pues la mujer cuenta con la intuición y así de esa manera esperaba Dios que se complementaran. Es en la familia donde podemos encontrar el mejor refugio en los días grises y desangelados repletos de tedio y desazón. El hogar es la fortaleza que los protege y los resguarda del mundo.
El amor era todo un rollo bien profundo y fantástico - ¿o fantasmagórico?- ,agrego ella quien quería explorar todas las posibilidades de ese sentimiento para poder estar completamente segura de que lo que sentía por Daniel era verdadero amor y no compasión de su parte. También atisbo a preguntar qué sentiría Daniel en estos momentos por el mismo, ¿y por mí? ¿Por ella que sentiría? Y se volvió a preguntar si seguiría sintiendo lo mismo después de una explicación tan elaborada del amor y sus posibles consecuencias. Lucinda estaba segura de una cosa: el amor si se tenía, había que darlo pues solo se tiene el tiempo presente y hay que aprovechar al máximo el tiempo que estamos de paso en este mundo y de paso, mirar a los ojos a Daniel lo mas que podía; mirar a su hija Nélida Paz a los ojos lo mas que podía y mirar el presente así, con esos ojos, lo mas que se pueda.
No tenía nada que perder en demostrar dicha expresión pues sabía que el tiempo corre a toda marcha. De modo que esa mañana cuando despertó salió del Sanctuary donde se había estado pernoctando en el transcurso de cinco o seis meses atrás, asegurándose de que llevaba todo con ella, su bolso: con un cambio de ropa, su ordenador,-lo más importante-,algunos mapas y cuadernos que en algún momento le resultaban útiles, un bolígrafo, su monedero con algunos dólares y monedas que necesitaría para tomar el tren y algún segundo café y un brekfast; su tarjeta del banco y sus identificaciones personales, y finalmente contemplo su abrigo que la resguardaría del frio y el viento imperantes en aquella ciudad. Saco el cellular que guardaba en una de las bolsas del abrigo, para cerciorarse de que alguien la hubiera llamado pero no había llamadas recientes, ni mensajes que contestar; hacía tiempo que Daniel ya no le enviaba mensajes por la mañana, porque cuando no lo hacía, era seguro que estuviera ahí parado frente a la acera del refugio esperándola. Cerciorándose de que todo en su pequeño mundo estaba en orden o al menos en su mundo instantáneo y personal: sonrió, guardando el teléfono en la bolsa de donde lo había sacado, se puso su boina gris y los oscuros guantes de lana, aseguró que la jarrilla de café Starbucks- lo único bueno que servían ahí en el Shelter con un petit-deyune- que llevaba a la mano estuviera bien tapada y salió a la calle.
Había una ligera neblina y cuando levanto la mirada, ahí estaba Daniel esperándola como cada mañana frente al refugio del Sanctuary ; traía un abrigo laaargo y una bufanda a cuadros de lana y fumaba recargado en el muro, platicaba en un inglés extraño con un coterráneo suyo: ambos volteados uno frente al otro, reían recargados frente al muro y hacían movimientos de manos, aquel joven estadounidense se dirigía a Daniel algunas veces con frases muy cortas como queriendo acortar las palabras y cuando hablaba frases demasiado largas, lo hacía tan rápido que el entendimiento de Lucinda se perdía a veces en las tardes soleadas y secas de Monterrey, ese Monterrey antiguo y con sol a la vez, al que recurría casi siempre últimamente y no sabía exactamente por qué y al que Daniel no conocía y al que Lucinda le daría mucho gusto que el viera… tuvo que hacer una esfuerzo mayúsculo para frenar y regresar al tiempo actual, cuando el compañero de Daniel se despedía al ver que ninguno de los dos le ponía atención y se despidió de Lucinda en un Español con tropiezos pero entendible –Mucho gusto señorita, hasta pronto. Lucinda volteó a mirar a Daniel y ambos rieron con una actitud cómplice. Era obvio, Daniel llenaba el espacio de Lucinda y esta el de él, por eso ambos se complementaban y la gente lo notaba con cierta envidia porque su presencia para ambos era sin duda una estimación genuina y llena de sorpresas como cada mañana la aventura les esperaba y el verse, el sentir su mutua compañía, el saberse cercanos y familiares a Lucinda le reconfortaba, el que Daniel le contara que ese día seguía limpio que no había tenido necesidad de tomar nada, para ella era una noticia de lujo. – Bueno días, le saludo con un beso largo y profundo en la boca y Daniel se sintió extraño, -vaya que sorpresa, exclamo Daniel- ante dicho recibimiento. Esto amerita un rato en el storage, le menciono a Lucinda al oído con una expresión de complicidad a en la voz. Si respondió Lucinda complaciente, pero primero pasamos al brekfast porque “traigo un hambreee” uuu yo conozco un restaurante de chinos que sirven un brekfast muuuy bueno, ¿de veeeras?!Pues vamos! Le respondió Lucinda con una expresión con una expresión sencilla y dulce como una niña y de paso le dijo ¡pues lancémonos a la aventura ¡ y ambos se perdieron en la ciudad festiva de San Francisco ante aquel frio imperante y la multitud de gente que caminaba siempre hacia todas direcciones, cada uno así, tan perdido en sus asuntos y dirigidos hacia sus vicios y placeres perversos que algunas veces la pareja se encontraba con conocidos y compañeros que ambos habían conocido en los refugios donde acostumbraban a pasar la noche y estos al verlos simplemente bajaban la mirada, porque no estaban de acuerdo, porque no les parecía ver esa pareja bien y sana, libre de complejos, esos seres oscuros y caníbales llenos de ataduras, de vicios y malas y siniestras intenciones hacia sí mismos y hacia los demás, quienes a su vez vivían de la misma manera y eso les dolía, dolía vivir así, pero no sabían vivir de otra forma y les causaba tanta envidia que Lucinda y Daniel habían logrado alcanzar lo que ellos todavía no, lo que a ellos les parecía simplemente tan difícil porque vivían atados a sus oscuros deseos y perversas pasiones, le comentaba Daniel a Lucinda. – Es cierto, comento ella, como cuando vimos…-mejor cambiemos de tema, le interrumpió Daniel con brusquedad; explicándole a Lucinda que muchas veces es mejor dejar las cosas así en la lejanía porque si no las circunstancias los iban a terminar volviendo locos de atar en aquella ciudad. Por eso Daniel tenía bastante razón cuando hablaba de querer marcharse, irse simplemente de aquel lugar y comenzar de nuevo en alguna otra ciudad de estados unidos y a Lucinda esa idea siempre le pareció excitante y divertida.
Lucinda ya había vivido en esta y otras ciudades porque en su vida siempre se abría un ciclo y volvía a comenzar intermitentemente otro. Lucinda se quedo boquiabierta de lo que se había escuchado decirle a Daniel en el restaurante de chinos,-donde por cierto el desayuno estuvo delicioso- y un sudorcillo se apodero de ella y de sus palabras erizándole la piel por completo; era como si de pronto se diese cuenta de todo lo que había estado pasando años atrás y decidió agarrar el toro por los cuernos pues esta vez ella quería aprender a ser más estable, tanto en sus emociones como en su vida espacial; es decir , dejar de correr de ciudad en ciudad y permanecer de pronto en una sola le comentaba a Daniel, y él la escuchaba mirándola fija y extrañamente como queriendo descifrar sus palabras y no por falta de comprensión del idioma o de interés hacia ella, sino simplemente porque los temas que a veces abordaba Lucinda le eran completamente ajenos a su limitada comprensión de la filosofía humana decía él, quien sin duda era un hombre bastante practico y no muy analítico pues a él eso de andar con rodeos no se le daba, mencionaba Daniel a cada instante cuando Lucinda le hablaba de tal o cual libro, Daniel a su i-pod , con su i-phone y toda clase de argucias tecnológicas que sacaba para variar.-No te has dado cuenta, yo te lo dije, le decía Daniel muy serio cuando se dirigía a ella y con una expresión de nobleza en sus ojos, -me dijiste que? Continuaba Lucinda un tanto sorprendida, -pues que dejemos el trabajo ese, que no ha valido un rábano y nos vayamos a Texas, -si, le respondió Lucinda, súper convencida de que lo que iba a decir no era más que la neta. –Necesitamos dinero apuro ella, si…menciono Daniel meditabundo y un tanto lejano, hagamos un plan: con los últimos dos cheques que nos van a pagar compremos lo de los pasajes, aunque no, pensándolo bien fíjate que no necesitamos dinero para irnos, podemos ir al programa de regreso a casa y con lo que nos paguen de nuestro trabajo podemos irnos más holgadamente y viajar con comodidad ¿Qué te parece? A Lucinda de entrada le cayó muy bien la idea sobre todo porque se acercaba el cumpleaños de Daniel por esos días y mucho le hubiera gustado que ambos lo pudieran pasar en grande por el camino, pero más aun, le gustaba la apertura de pensamiento y sentimientos que Daniel comenzaba a mostrar, una vez ahí, hablando en aquel cafetín de la calle 14 en el que se habían detenido para buscar un café que les apapachara el corazón helado que se cargaban. Lucina hizo hincapié de aquella enorme gabardina que venía casi arrastrando Daniel, haciendo bromas sobre lo que ella pensaba seria una especie de carpa o capa de súper héroe que Daniel arrastraba en los pasos que venía dando. Caminaron un buen rato así, muy juntos discutiendo sobre sus ropas, Daniel también comento que Lucinda parecía un fantasma escondida entre el titipuchal de harapos que le envolvían. Lucinda solo rio y lo rodeo con sus brazos acariciándole la nariz con la suya. Gracias, le dijo muy bajito, gracias por estar conmigo y compartir conmigo hasta lo difícil de este asunto y Daniel la miro sorprendido a punto de tirar una carcajada en su rostro, preguntándole porque siempre el Drama: Hey hay algo que me sorprende mucho de ustedes los mexicanos, traen el sentimentalismo a flor de piel, la tristeza les hace llorar pero también la felicidad les hace llorar, Demit! Ya no saben ni que es lo sienten. – Te equivocas ,Sentimos todo, le mencionaba Lucinda con la sinceridad fraccionada, hecha un rio de Lágrimas por eso somos creativos y hacemos arte, porque estamos la mayor parte en contacto con nuestros sentimientos y temores y nos burlamos de nuestros ancestros a través de la muerte y nos mofamos de nosotros mismos, Daniel le escuchaba con atención aunque no estaba muy seguro de esta parte porque ahí sí que ya no entendió y se quedaban los Dos mirándose atónitos aquella tarde en la que comenzaba ya a ser noche. Lucinda sabía que estaba cerciorándose de que Daniel era el indicado compañero de andanzas, por eso le gustaba Daniel , porque era como ella misma , andaba persiguiendo la vida.
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