La experiencia de una joven migrante en los Estados Unidos.
martes, 1 de marzo de 2016
Invocación del fuego
Despierto azulada y áspera esa mañana de fría incertidumbre. Lo había visto sobre la reja de los edificios vecinos,mirando la secreta huída de las luces en los balcones y jardines de la ciudad.
Caminaba sonámbulo y sin fronteras sobre la acera contraria al edificio del refugio del NextDoor; y hasta entonces lo supe lejano.
Siento su soledad herrumbrosa y un tanto impersonal, incluso durante la hora más lúgubre del día, siempre se las arregla para salir adelante. La soledad es una especie de eco animal, ese lamento que se extiende en las inmediaciones de la noche y continúa rumiando su veneno musical durante las primeras horas del alba. Me siento frente a ese ángel desvelado y sonámbulo y le ofrezco mi encendedor de nácar como una secreta caricia, como una iniciación del fuego entre los dos para esa gélida madrugada y en su disimulo, ha comenzado a fumar estudiándome a fondo y ha permanecido colgado de las diminutas constelaciones de mi rostro por un buen rato.
Se llama Daniel de Miel y me comenta que en alguna vida anterior creyó haberme visto, porque el perfume y el espeso bosque de mi mirada,le eran familiares.
He comenzado a notar que le observo con mi desconfianza habitual en mí, que también estudio el mapa de su rostro el cual confieso que ahora luce más apesadumbrado por el uso de narcóticos para conciliar el sueño a esas horas de la madrugada cuando el frío se concentra. - Es un desafío, -le comento.
- ¿cómo? - Me responde confundido y sin aliento, - el estar aquí a estas horas sin hoguera. -Sí tienes razón hay que hacer algo, -me responde y comienzo a pensar que ya estará por despertar.
Fue cuando descubrí ese fino y casi imperceptible lunar bajo su mirada de estrellas, tan bajo al firmamento salino de su piel, ese fino y delgado declive de su nariz como un montículo, y esa boca que, insisto,me pareció haber besado vidas atrás. Ahora vive con una actitud diáfana y perturbadora que parece un riachuelo. Recordé que los ojos de Daniel eran tan vivaces que como el fuego cuyas tonalidades café verdosas, se perdían en el traficar de luces en la noche. Algunas veces se entornaban para mirar con un extraño resplandor demencial, como quien piensa algo terrible y luego se retrae. Caminé junto a él hasta perdernos en el portal del alba, donde me confesó que tuvo que adaptarse al amargo silencio y a esa ansiedad que padecía y le impedía conciliar el sueño. Mis brazos se convirtieron en una enredadera esa noche y lo abrazaron. Juntos recordamos cómo trepamos entre los árboles de agosto dilatándose en el desmesurado espacio de ramas y hojas. Algunos peatones nos saludaron con cortesía durante ese recorrido.
A las seis de la mañana conversamos tomando un té de raíces milenarias del jardín del barrio chino.Continuamos nuestro recorrido mirando hacia el cielo y el cielo nos saluda con precipitaciones futuras, aviones y satélites y diminutos puntos plateados cuyas explosiones nos dan la bienvenida al nuevo día en el que seguimos vagabundeado por las calles de esta ciudad, al encuentro de un refugio tibio y seguro donde acallar juntos nuestros más íntimos secretos.
- Esperemos, - me dice Daniel.
- Ya encontraremos uno, - le comento, sin embargo han comenzado a caer las primeras gotas de lluvia y corremos buscando el refugio de un techo cercano nos encontramos con una fábrica abandonada donde nos ha parecido de lo más conveniente entrar y encender una hoguera. Daniel me habla con señas , parece chistoso , ahí donde reina el silencio y parece como si flotáramos bajo el agua; es una experiencia excitante.
Arrullados frente al fragor de la hoguera y el encierro del lugar, caemos rendidos uno sobre el otro despertando tres horas después para darnos cuenta de las cuatro de la tarde. - Y aún nos falta recorrer las aceras aledañas al jardín, me comenta Daniel. Fue cuando nos marchamos de aquella lúgubre ciudad perdida dentro de la ciudad y canturreábamos con la esperanza de perdernos ahí, en el interior de las nubes, con aquella espesa niebla sobre nuestras cabezas que ascendía como incienso y se quedaba a vivir en el interior de las nubes.
Ahora me pregunto: ¿Qué era lo que nos acercó y luego nos hizo rechazarnos ? Encendimos el fuego aquella tarde para alumbrar nuestro camino en completa paz y camaradería; Aunque terminamos enfilando nuestros pasos distintos en el fondo sabíamos que deseábamos encontrar juntos ese hogar al que finalmente todos anhelamos llegar.
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