martes, 1 de marzo de 2016

La extranjera




Lucinda  vagaba solitaria y sin destino, pero  con   mucha firmeza y determinación bajo las noches estivales de San Francisco  ,  se había propuesto  crecer lo más posible dentro de los caminos espirituales; iba al encuentro del ser superior para que le proporcionara soporte y apoyo en un mundo lleno de violencia y limitantes.  aún y cuando al principio le costara  trabajo entregarse a la fé como un mandato, cuando tal vez la fé le pertenecía sólo a unos cuantos, aquellos que así lo habían decidido. Desde que cruzó la frontera se había reencontrado con el concepto de una fé y un Dios vivo que para  nada tenían que ver con el sentimiento sacro de las religiones; de este modo Lucinda se dió a la tarea de transformar su vida y la de otros, -porqué no-, de modo que comenzó a recorrer las ciudades como misionera convencida de que el mayor instrumento de evangelización en estos días , es la vida misma ante la idea de venir a Estados Unidos es por demás peligrosa y difícil y fué en este país  que se ha establecido dejando así atrás su gris y difícil pasado lleno de sombras , ignorancia, traiciones  y embriaguez del cual Lucinda había sido víctima  todos esos años.
Su vida comenzó a cambiar cuando ella recuperó la añoranza primigenia de querer se escritora,  vocación que le llenaba de una gran pasión, grandes ganas de vivir para poseer la mayor colección de experiencias para poder afianzarse en la propia identidad; gracias a esa enorme inquietud dentro de su pecho latiendo a cien por hora. Lucinda sabía que podía serlo, sabía que podía ser cualquier cosa que se propusiera, pues ahora no estaba sola sino que contaba con la compañía y el poder transformador de su Dios padre. Lucinda era una  mujer creadora y necesitaba reafirmarse de este modo . Llenarse de experiencias gratificantes.
Tamaris Londoño,  su amiga de cruce  era alcohólica  y suficientes motivos tenía para serlo. Fuera de clase, la calle era siempre su sitio donde se vendía para comprar sus drogas  . La oriunda de Chiapas , tenía ya esa fama impresa en la piel como un tatuaje que todos podían notar a simple vista. Ya todo el género masculino la conocía porque ella era de armas tomar y ya había pasado por todas las armas de su generación y hasta de dos generaciones más arriba.
Le llamaban “La extranjera” porque sus padres la trajeron a los estados unidos casi desde que era una bebé y  se crió aquí en el barrio de la Magnolia en Houston. La llevaban todos los días a un “Day Care” porque ellos trabajaban un montón para salir de la pobreza y entre los dos pagaban la renta y las cuentas  de su casa,  y entre tanta necesidad de trabajar y Salir de su carente situación descuidaron a Tamaris . Esta es la realidad aquí en Estados Unidos. Este país tan duro y tan bendecido a la vez por la eficacia de sus leyes, así que aquella mujer de piel casi aceituna  y cabellos tan negros como la noche creció en completa soledad, sin riendas ni límites y con el conflicto no resuelto del abandono de sus padres. Por esta razón, Lucinda sabía que tenía mucho en común con Yajaira, las unía el delgado hilo de la tragedia mutua: ambas conocían la pobreza y habían sido desplazadas; conocían también esa soledad que jamás habían compartido entre sí  pero que les carcomía los sentidos. Vivían así, tan unidas sin saberlo, abrazadas al tema su propia inmigración , como quien  se abraza a un gran remolino para ser arrastrada por un sol  que   poco a poco les iba quemando la piel, pues si sus padres las trajeron ellas no eligieron vivir en el Norte  pero tampoco querían regresarse a vivir al sur, porque sobre todo Lucinda  en aquellos tiempos no sabía cómo salvarse, mucho menos  cómo comenzar  recogiendo los trozos de un pasado insalvable, Septiembre se trazaba en el horizonte como una línea de forma descendente con el invierno predominante en aquella zona y amenazaba con desatar una tormenta. La fresca noche en San Francisco se colaba por los ductos del aire y llegaba puntual hasta la cama de Lucinda, en el refugio “Sanctuary”, donde ella se hospedaba; había tenido que acostumbrarse a los días neblinosos y con mucho viento de aquella ciudad santuario - No entiendo esta ciudad, parece que nunca terminaré de acostumbrarme.- La oía repetir constantemente mientras   vagaba en el frío de la tarde sin rumbo  sobre los callejones cargados de “grafiti” y las esquinas de las calles congregadas de gente sin hogar haciendo loitering con una pequeña mochila al hombro, celulares, una pequeña motocicleta a la distancia, con aretes en ambos oídos y los pantalones caídos hasta la cadera. De todas las razas y nacionalidades, a Lucinda le daba la impresión de que siempre estaban a la espera de algo o de alguien que llegara a interesarse por su mercancía: crack, mariguana, cristal, heroína, LSD y anfetaminas. Lucinda supo muy pronto, cómo sobrevivir a eso porque las drogas nunca le llamaron la atención, ella sólo estuvo ahí para acompañarles con alguna que otra oración, repartía tratados afuera de las iglesias, lo hacia para justificar una existencia   y sus pupilas reflejaban  el tono grisáceo  de las avenidas solitarias y  el aroma a mariguana que impregnaba el aire en las calles de San Francisco, se coló por su nariz entonces.
Lucinda pudo percibir  ese olor a pasto quemado,  que la retornó  a sus días de juventud allá en Monterrey, recordó ese sabor primigenio  a sol, a lluvia, y ese vago recuerdo la retornaba de nuevo a la vida. Recordó esto durante su estancia en la cafetería mientras se aferraba al enorme chal rosado que la protegía del invierno para entrar anónima en  la cafetería y hasta en ese momento pude explicar esa sonrisa  a veces perniciosa en sus  labios.

¿A qué edad comenzaría Lucinda a escribir? ¿ Escribiría a mano o en su vieja Remington?  A ciencia cierta no lo sé. Ahora con eso de los ordenadores modernos, ella siempre cargaba una laptop bajo el brazo, sabiendo que  había transcurrido tanto tiempo desde que todo comenzó a importarle demasiado, porque la realidad para ella había cobrado un matiz  distinto y ahora que contaba con más seguridad y mucho más consciencia quería regístralo rápidamente. Escribía  a mano y lo hacía porque no sabía hacerlo de otra forma Ella sabía que cuando escribía a mano se metía más en sus historias. Cuando  escribía  en el ordenador directamente y luego lo leía  le sonaba frío, no le emocionaba. ¿Si no me emociona a mí a quién le va a emocionar? Decía Lucinda, entonces era eso, escribir a mano, en silencio y sólo si se metía mucho en la historia podía sacarle el verdadero jugo, así sin método alguno, pues tan sólo contaba con la brújula  de sus emociones que siempre la perseguían  como un destino que la amurallaba y si no le gustaba a su intuición pues   lo tiraba  y al día siguiente lo volvía a hacer. Así transcurría sus días Lucinda, llena de afán y en completa libertad para la creatividad; Escribir era una de sus preocupaciones por eso pensaba  que San Francisco le había devuelto “su musa extraviada,” por aquella fama que tenía la ciudad, ese secreto a voces que recorría sus anchas y concurridas avenidas, por esa razón ella  traía siempre una libreta Moleskine en las manos, como Bartleby el escribidor, no se cansaba, quise decir, no quería cansarse ni cuando los días de calor se hicieron tan intensos  que parecía que la ahogaban, ella insistía en registrarlo todo.

A veces pienso que sus ciclos creativos tenían bastante que ver con las fases lunares; con la rotación de la tierra; con el pulso y su respiración o simplemente con el espectáculo festivo que ofrecían las calles de San Francisco. Lucinda quería sobrevivir y a la par huír de sus tormentas interiores. Estaba claro: sólo buscaba ordenar sus ideas, sentimientos y aflicciones cotidianas sin importarle qué diablos le dijeran los demás sobre problemas existenciales. Se sentía sola pero por el momento se encontraba bien ahí. Así que quería gozar un poco de la clandestinidad de esas horas, de la madrugada donde nadie podía encontrarla. Ahí se resguardaría del viento y la lluvia, del polvo y la inestabilidad de andar todavía a la búsqueda de un hogar, un lugar verdadero y propio y no un ahogarse entre las sombras de los shelters o a la intemperie de las frías aceras que la adormecían con su intenso olor a opio a veces, aferrada a su frazada de cuadros celestes, se acompañaba además  de unas cuantas familias quienes intentaban conciliar el sueño  y no dormían  para proteger a sus niños de la perversión callejera que pululaba entre los homeless, la drogadicción y el olor constante envolviendolos entre sus mantas ; Lucinda  sentía frío, frío por no haber descansado lo suficiente la noche anterior, frío por recostar su cuerpo entre un cartón y las frías aceras junto a Daniel  , frío por falta de nutrientes que le proveyeran  las defensas necesarias a su sistema inmune; frío de lidiar con el ruido, ese canijo metiche que se colaba intermitente en su cabeza.

Después de su llegada del wilderness, más de la mitad de la gente a la que Lucinda acompañaba había muerto de hambre antes de la primavera,  otros víctimas de la violencia y el abuso  de los borders patrol cuando intentaban cruzar ese desmesurado desierto.


Los que aún vivían estaban  muy lejos; así es el exilio, lanza a la gente a los cuatro vientos y después resulta muy difícil reunir a los dispersos, así que cuando el invierno por fin llegó, agradeció la presencia de un indio de nombre Squanto, a quien ella llamaba “mi oro líquido” porque hablaba inglés y le enseñó a los inmigrantes, como Lucinda, a conseguir refugios adecuados para el clima y dónde solicitar ayuda para encontrar un empleo. Squanto fue "un instrumento especial enviado por Dios”, decía Lucinda,  había cubierto sus necesidades y expectativas. Squanto fue entonces el intermediario que  proporcionó la provisión de alimento inmediato que necesitaban ella y sus compañeros .

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